TARTAR DE CARNE Y FILETES RUSOS

1.- TARTAR DE CARNE (para cuatro personas)

 

Carne roja, picada gruesa = vaca 400gr.

  1. .

Aderezo = Cebolla picada fina ½

Alcaparras picadas 1 cucharada

Aceite 1cucharada

Huevo 1

Mostaza 1 cucharada

Soja 1 cucharilla

Jugo de carne maggi  1 cucharilla

Lea Perryns 1 cucharilla

Sal al gusto

 

Modo de hacerlo =Poner la mezcla de la carne en un bol.

Añadirle la cebolla picada muy fina y las alcaparras.

Mezclar bien y añadir el huevo.

El resto batirlo en un vaso mezclador y se añade poco a poco mientras se va amasando hasta obtener la consistencia deseada.

Se puede tomar en crudo sobre una rebanada de pan tostado al horno.

 

 

2.- FILETES RUSOS (para cuatro personas)

 

Carne picada gruesa = vaca 500gr. Cerdo 100gr.

Aderezo = Cebolla picada fina 1

Aceite 3cucharadas

Huevo 1

Mostaza 1 cucharada

Soja 1 cucharilla

Jugo de carne maggi  1 cucharilla

Lea Perryns 1 cucharilla

Perejil picado 1 cucharada

Sal al gusto

Tomillo 1 pizca

Romero 1 pizca

Orégano 1 pizca

Pan de molde sin corteza

Leche 1 vaso

 

Modo de hacerlo = Poner la mezcla de la carne en un bol.

Añadirle la cebolla picada muy fina.

Mezclar bien y añadir el huevo.

Poner a remojo el pan con la leche, escurrirlo, añadir y mezclar bien.

El resto batirlo en un vaso mezclador y se añade poco a poco mientras se va amasando hasta obtener la consistencia deseada.

Se puede tomar crudo sobre una rebanada de pan tostado al horno, frito o a la plancha.

 

 

 

 

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CODILLO CON SCHUCRUT

CODILLO CON SCHUCRUT

 

INGREDIENTES (para cuatro personas)

Codillos de cerdo salmuerizado 4

Salchichas de Frankfurt (grande) 4

Salchichas blancas de asar 4

Bacon ahumado un trozo de 200gr

Patatas 4

Manzana 1

Pimienta negra 16 granos

Schucrut 1 Bote grande para 4 personas

ELABORACION

Poner los codillos en la olla express cubiertos de agua.

Añadir la pimienta y la panceta ahumada.

Dejar hervir durante 1 y ½ horas.

En cazuela aparte rehogar el bacon cortado en trozos pequeños, la manzana picada también en trozos pequeños, así como las patatas troceadas (cachadas). Añadir el schucrut y seguir rehogando.

Añadir caldo de cocer los codillos hasta cubrir todo y dejar hervir.

Cuando estén cocidas las patatas se añaden las salchichas y se deja cocer a fuego lento 15 minutos más.

Presentación: En platos individuales colocar en el centro el codillo deshuesado, a un lado el schucrut y al otro las salchichas.

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Quien soy yo

Dieter Brandau Ballnet

Nacido en Berlin el 26 de octubre de 1937

Doctor en Medicina y Licenciado en Veterinaria

Profesor Numerario de la Universidad Complutense de Madrid

Jubilado desde 2008

Aficiones actuales:

Culturales; Lectura, Pintura,Visitar museos, Culinarias

Deportivas; Golf

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Viejos recuerdos de un veterinario

El Gitano y su Galgo:

 

Era un lunes por la tarde cuando llega a la consulta de cirugía de la Facultad de Veterinaria un hombre de unos 30 años, alto, espigado, tez aceitunada y pelo moreno, recogido con una goma en forma de cola de caballo. Vestía pantalón de paño negro y camisa negra y unas alpargatas de esparto bastante gastadas. De raza gitana… se llama José.

La expresión de la cara era una mezcla de tristeza, cansancio y desesperación.

Venía con un galgo de color canela en sus brazos, ¡andando! desde el pueblo de Hortaleza. Hay que tener en cuenta que la Facultad de Veterinaria se encuentra en Puerta de Hierro y Hortaleza está al otro lado de Madrid. De ahí su cansancio.

Le pregunto por que viene de tan lejos y no lo ha llevado a una clínica más cerca de su casa y me responde con lágrimas en los ojos.

Tengo mujer y tres hijos y somos pobres, vivimos en una chabola. Me dedico entre semana a la rebusca, a recoger cartón y a la chatarra y los domingos salgo por los campos de alrededor a cazar con mi galgo. De ahí su desesperación.

Al pretender hacerle la historia clínica, no nos dejaba hacer las preguntas oportunas. No paraba de interrumpir. Por lo que decidí dejarle que se desahogara.

Mire Doctor, ayer por la mañana corriendo una liebre en el campo ya cerca de una viña, cuando estuvo a punto de alcanzarla, la liebre le hizo un quiebro y el perro metió la pata en un agujero, sufrió un revolcón, se levantó aullando de dolor y cojeando. Mientras, la liebre encontraba el perdedero y desaparecía. De ahí su tristeza. Era la única carne que comerían sus churumbeles en toda la semana.

Una vez desahogado comenzamos la exploración: A la inspección se aprecia desviación angular del muslo derecho con gran inflamación, acortamiento y movilidad anormal.

A la palpación, gran tumefacción, y crepitación a la movilidad forzada, en tercio medio del muslo, que despierta dolor y respuesta instintiva del animal, pero que se queda a mitad de camino. No nos quiere morder, como si supiera que lo hacemos para curarle. El único gesto que hace es volver la cabeza a su dueño como queriendo decirle: estos payos me están haciendo polvo.

Presunta fractura de fémur.

Mandamos hacerle una radiografía, para ver el tipo de fractura y estudiar su posible resolución, y un pre-operatorio (Analítica y Electrocardiograma) para ver su estado general y las posibilidades de operar.

Diagnóstico radiológico – fractura espiroidea de tercio medio de fémur. No hay tercer fragmento.

Es una fractura sin complicaciones pero por su forma es imprescindible operar.

El resto de las pruebas están dentro de la normalidad.

Le comunicamos al dueño que la única posibilidad es la operación. Se queda pálido, no tiene dinero.

Le decimos que no cobramos la consulta, ni la operación, solo los gastos de material son los que suelen pagar los dueños de las mascotas, pero que en su caso no le cobraremos nada.

Se monta el quirófano, se anestesia al animal y realizamos una reducción bajo rayos X e inmovilización con la colocación de un clavo intra medular introducido a través de una incisión en la fosa trocantérea.

Ponemos un vendaje de escayola y esperamos a la recuperación de la anestesia.

Durante la recuperación el dueño, ya más tranquilo, no se separa de él y no cesa de acariciarle.

Cuando le estamos dando las recomendaciones del postoperatorio aparece un alumno que le entrega una bolsa con las medicinas que ha de tomar durante dos semanas, las cuales ha conseguido de la farmacia del hospital, indicándole las pautas a seguir.

Acto seguido otro alumno nos dice que vive en Arturo Soria y les llevará en su coche a él y a su perro hasta su casa y se compromete a traerlos para las revisiones siguientes, a las dos y cuatro semanas.

La evolución postoperatoria es satisfactoria.

Verificada radiológicamente la consolidación de la fractura, con la formación de un buen callo óseo, se procede a la extracción del Clavo de Küntscher y se le da el alta. Indicándole que debe recuperar la musculatura con ejercicios de natación y largos paseos con correa, que no le deje en libertad y que no haga ejercicios violentos, como saltos, carreras, etc.

A principios del otoño siguiente, un buen día, aparece José muy ufano con su galgo y una bolsa en la mano.

Muy ceremonioso me la entrega, abro la bolsa y…. Doctor, es la primera liebre que ha cazado él después de la operación.¡GRACIAS!

 

 

El mono y las petunias

 

Tengo que reconocer que no siento especial predilección por los monos.

Ante su presencia me invade cierta sensación de peligro con su cercanía. No puedo reprimir la idea de indefensión.

Aunque no he tenido experiencias de ningún tipo con ellos, ni he tenido que soportar ataque personal alguno, me he fijado en su comportamiento en general, en los zoológicos, safaris park, en el circo, en los documentales.

Son animales de una enorme agilidad y fuerza y he podido observar comportamientos agresivos, de dominancia, de descaro y falta de temor.

Me parecen seres que tienen además de colmillos, demasiadas manos con las que te pueden agarrar, incluso con la cola, los que la tienen.

En definitiva, siento prevención hacia ellos.

A pesar de todo lo anteriormente expresado me tocó en suerte enfrentarme a uno.

Llaman a la puerta del despacho; Con su permiso profesor, tenemos en la consulta un paciente que creo debe echarle usted un vistazo.

Voy a la consulta y me encuentro con un simio joven, dos años aproximadamente y de unos 50 centímetros de estatura. Está postrado, muy quieto y cara de estar muy malito.

Me cuenta el alumno que le ha hecho la anamnesis, que lleva 24 horas en ese estado, no come ni bebe y que la dueña le ha comentado que tiene predilección por las petunias y probablemente se deba a una indigestión. Se ha comido todas las petunias de los cuatro maceteros que tiene en la terraza.

Como le encuentro tan postrado procedo, no sin reservas, a la exploración abdominal.

Con mucho mimo (algunos lo podrían llamar precaución), comienzo a realizar una palpación superficial y aprecio una elevada temperatura, distensión y gran defensa abdominal. El pobre ni rechista, por lo que profundizo en la palpación y noto que se despierta dolor.

Le cojo por las axilas para cambiarle de posición y el pobre se me agarra a la bata y apoya su cabecita en mi hombro mirándome con unos ojos que quieren decir – estoy muy malito, ayúdame, tu me puedes curar.

Enternecido le acaricio mientras pido que le lleven al Servicio de Radiología para que le hagan una radiografía del aparato digestivo con contraste.

Una vez que se lo han llevado llamo al radiólogo y le aviso que le mando un “marrón”. Un mono, para hacerle un estudio del tránsito intestinal, que a ver como se las apaña.

Al cabo de una hora aparecen con el mono y la serie radiográfica del tubo digestivo.

Diagnóstico: Obstrucción intestinal.

Tratamiento: Quirúrgico

 Asombrado por la rapidez y facilidad en la realización de la prueba y sabiendo que para la administración del contraste habría sido necesaria la utilización de una sonda gástrica, con la consabida resistencia por parte del paciente, quise salir de dudas y volví a llamar al radiólogo para que me informara.

            ¡Cuéntame el secreto!

            Respuesta: ¡Muy sencillo! Desenrosqué el frasco del contraste, llené el tapón y se lo alcancé al mono. Éste lo cogió se lo llevó a la boca y sorbo a sorbo se lo tomó. Acto seguido alargó la mano y me pidió más. Se lo di y volvió a tomárselo.

            Si no lo veo no lo creo. Cual es la justificación de un hecho tan insólito.

            Respuesta: “El contraste sabe a anís”

 

 

Operación Jaguar

 

                        Gran revuelo de alumnos a la entrada del hospital. Están descargando de un furgón una jaula de gruesos barrotes.

            Vienen del Zoológico de Madrid y traen un ¡Jaguar!.

El veterinario del Zoo me informa que se trata de una fractura de fémur. Le pregunto sobre la causa productora de dicha fractura y la respuesta es espeluznante.

            Uno de los cuidadores entra en el recinto de la fiera para realizar la limpieza rutinaria.

Previamente se desplaza al animal fuera, al parque y se comienza con la tarea, el trabajador no se da cuenta de que no han cerrado la comunicación.

            El mozo comienza a barrer las deyecciones y de pronto con un movimiento instintivo se vuelve, en el mismo instante que el jaguar esta dispuesto a saltar sobre él.

En un acto de autodefensa, ni corto ni perezoso le suelta un certero bastonazo con el cepillo que impacta en la extremidad posterior.

El jaguar desconcertado, aturdido y visiblemente dolorido tiene unos segundos de estupor, tiempo que el cuidador aprovecha para salir del recinto salvando su integridad física.

La panorámica que se presenta es de película: De entrada los barrotes de la jaula ya no me parecen tan gruesos. En su interior hay una fiera rugiendo furiosa y lanzando zarpazos a diestro y siniestro.

Primeramente hay que realizar una radiografía para ver de que tipo de fractura se trata.

No hay problema; Son las palabras del veterinario del zoo. Se anestesia previamente y ya está.

Y ¿quién le pincha? ; Estas son mis palabras.

Como si se hubieran puesto de acuerdo, con una sincronía perfecta, un mozo hostiga al jaguar con un palo y cuando éste lo tiene fuertemente cogido con sus mandíbulas otro mozo pisa el palo y con ello inmoviliza la cabeza del felino contra el suelo de la jaula.

Simultáneamente otro ayudante agarra la extremidad lesionada y el veterinario le administra una inyección con el anestésico.

A esperar…

A los veinte minutos la fiera yace plácidamente…  Yo la veo con los ojos abiertos y ronroneando, dicen que como un gatito. A mí me parecen rugidos.

Orden del veterinario: sacarlo y a la mesa de rayos. Lo cogen como a un peluche lo colocan sobre la mesa de rayos y en el monitor de TV se observa una fractura del tercio medio de fémur, transversal, sin desviación y sin tercer fragmento.

Una perita en dulce, en el argot de los traumatólogos. Con un Clavo intra medular introducido a través de la fosa trocantérea se soluciona.

Dieter, ya puedes operar.

La voz parece que me llega del mas allá.

Cómo voy a operar a un animal salvaje, a una fiera, que me está mirando y rugiendo y además sin atar.

Me aseguran que el jaguar está totalmente dormido, que no hay ningún peligro, por lo tanto haciendo de tripas corazón comienzo la  intervención.

Es fácil introducir el clavo bajo control  radiológico. La operación un éxito.

Me retiro de la mesa con la espalda chorreando de sudor.

Me vuelvo, creo que todavía estoy pálido, voy a hacer un comentario a un compañero, profesor veterinario militar, que no me deja hablar y me dice: ¿Tenías miedo verdad? Pero estabas seguro, yo te estaba guardando las espaldas. Con disimulo me enseña su pistolón reglamentario. Si se llega a mover un solo milímetro le descerrajo un tiro.

 

 

El paracaidista

 ¡Atención: Firmes!

Por el pasillo de las consultas vienen con paso marcial, pero cojeando sin apoyar la mano derecha, un pastor alemán, flanqueado por los lados por dos enormes (más de un metro noventa) soldados cubiertos por la clásica boina ladeada.

Son del cuerpo de paracaidistas. Un sargento y un soldado.

Al llegar a mi altura, una orden de mando hace que el perro se pare y se siente.

¡Presenta tu lesión al Doctor!: Sin pensárselo dos veces el animal levanta la extremidad torácica derecha.

El pastor alemán es la mascota de ese grupo de paracaidistas y se lanza con ellos con su propio paracaídas.

En el último salto, al llegar a tierra debió caer mal y se levantó cojeando.

Una vez en el cuarto de exploración le suben a la mesa y sin decirle nada se sienta y me muestra la mano derecha levantándola.

Comienzo la exploración con una palpación suave y aprecio una tumefacción en la parte distal del antebrazo a tres o cuatro centímetros de la articulación radio carpiana, con una ligera desviación del eje en anteversión.

Intento movilizar la zona para descartar movilidad anormal. No se aprecia crepitación. No se si hay dolor, pues el animal no hace el más mínimo gesto.

Sospecho una fractura de Colles y prescribo un estudio radiográfico.

Le bajan de la mesa y acompañado por su guardia, con paso marcial se dirige a la sala de rayos.

En efecto hay una fractura en el tercio distal de cubito y radio, impactada y con una desviación mínima.

No requiere intervención. Se practica una inmovilización con vendaje de Scotch Cast (Vendas de resinas acrílicas muy resistentes, de muy poco peso, transpirables y que se pueden mojar)

Todas las revisiones transcurren con el mismo ceremonial: Llegan, se paran, se sienta y levanta la mano.

El último control muestra un callo óseo con buen aspecto y se decide retirar el vendaje.

Ni siquiera la utilización de la sierra circular despierta un mal gesto.

Retirado el vendaje rígido se sienta a esperar el veredicto.

Cuando le digo que le damos el alta y que se puede ir a casa no resiste la tentación y saltándose el protocolo se levanta sobre sus cuartos traseros apoya las manos en mi pecho y me da un lametón en la barbilla.

Eso si que es agradecimiento

 

 

La cesárea de la serpiente

 

            Estábamos en nuestra Clínica  Veterinaria del pueblo de los Molinos cuando entra muy alterada una Clienta, desencajada , con lágrimas en los ojos y una caja de cartón en las manos.

            Por favor, por favor, salven a mi canario.

            Tranquilícese Señora, cálmese, le decimos mientras le acercamos una silla.

Ya más calmada le pedimos que nos cuente lo sucedido a su canario.

            Con manos temblorosas abre la caja de cartón y saca una culebra de unos sesenta centímetros de longitud.

            El sobresalto del ayudante fue mayúsculo, pero afortunadamente la “bicha” estaba muerta. Tenía la cabeza machacada.

            Comienza su relato la pobre señora: – Cuan volví a casa, de comprar en el mercadillo, entré en la cocina y me asomé a la ventana, en cuyo alfeizar suelo colocar la jaula para que mi canario tome un poquito el sol y me extrañó no ver al pájaro. Porque siempre que yo entraba en la cocina revoloteaba y cantaba alegre saludándome.

Lo único que vi fue algo que se movía como retorciéndose y colgando por la parte opuesta de la jaula.

Era la maldita culebra, que subiendo por la enredadera que está pegada a la pared de la casa, había alcanzado la ventana y entrado fácilmente a la jaula deslizándose entre los barrotes, se había tragado mi canario y al querer salir quedo atrapada por el bulto que hacía el pájaro en su barriga.

Llamé angustiada a mi marido el cual, después de matarla, saco la culebra de la jaula y la metió en la caja.

Haga lo que pueda Doctor:

Mi respuesta no podía ser otra; Señora su canario ya debería estar muerto antes de tragárselo, porque las serpientes estrangulan a sus víctimas y solo se las tragan cuando están muertas.

Bueno respondió la mujer, pero hágale la “Cesárea” para recuperar su cuerpo y le podamos hacer un entierro digno en nuestro jardín.

Así se hizo: abrimos el abdomen a nivel del abultamiento y apareció el pobre, hecho un asco.

 

 

           

           

           

 

 

 

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Noche de pesca

SUEÑO

 

Estoy al borde del mar, una ola acaba de llegar envuelta en el murmullo de otras olas, rompiendo con suavidad en la playa, con la vana ilusión de alcanzar el paseo marítimo.

Intenta, por todos los medios, adornarse con las brillantes luces de las farolas que recorren el paseo.

Pero a su pesar y por mucho que se estira, y se estira, se ve obligada a retroceder lentamente, con pena.

Solo queda, en el reflejo de la fina lamina de agua, una hilera de puntos luminosos, como las perlas de un collar, que poco a poco van desapareciendo.

Parece como si mi amiga la ola se los estuviera llevando, para construir entre las algas del fondo, un camino de luces  a sus amigos los peces.

Mientras preparo mis aparejos de pesca se hace de noche.

Lanzo el cebo y clavo la caña justo en el limite entre el agua y la arena, allí donde se desvanecieron los sueños  de la ola.

Me siento  a esperar.

Pasa el tiempo.

Intento adivinar, en las sombras, la silueta del castillo, reflejada en el agua, al otro lado de la bahía.

Absorto con mis pensamientos, me voy quedando ligeramente traspuesto.

Y al igual que la ola, comienzo a soñar – aventuras de caballería-.

Llego al pie de la torre del homenaje, en la ventana está asomada una joven  y bella doncella, que me sonríe con ternura.

¿Acaso es imaginación?  ¿me han llevado las olas en volandas?

Pero estoy allí,  arrobado con la maravillosa visión.

De pronto, un fuerte tirón del sedal me arranca con violencia de mis ensueños.

Un maldito pez me vuelve a la cruda realidad.

Le doy al carrete y recojo el aparejo.

En realidad no es un maldito pez, es una hermosa dorada.

Me invade un tremendo coraje pero le quito el anzuelo con suavidad, casi con mimo.

Al contemplar los preciosos reflejos dorados en sus escamas, como si fueran recuerdo de las luces del paseo, se me pasa el enfado.

Siento en mis manos el estremecimiento del pez y sus coletazos, intentando liberarse.

Quiere volver al camino de luces que le ha creado la ola entre las algas.

Aparece otra vez, mi amiga, la ola soñadora.

Entre el suave murmullo del mar parece querer decirme algo, en un susurro, mientras intenta alcanzar de nuevo las luces del paseo.

Lo intuyo y de manera automática, según se retira la ola dejo suavemente al pez en el agua para que vuelva a disfrutar de la vida, mecido por las olas, entre las algas del fondo.

 

 

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VIEJOS RECUERDOS DE UN MÉDICO

Recuerdos imborrables de mi estancia en el Hospital Clínico de San Carlos

La peseta: Resultado de ser un buen guía.

            Una tarde, estando de guardia en el hospital me encontraba esperando uno de los ascensores y se me acercó un matrimonio, de pueblo, muy mayores, parecían desorientados pues llevaban tiempo dando vueltas. Me preguntaron por un determinado departamento donde tenían ingresado a un pariente. Al ver que no se defendían bien les subí a la planta correspondiente  y les acompañé hasta la habitación. La viejecita se despidió dándome las gracias, con un beso en la mejilla, mientras con discreción deslizaba en mi mano “una peseta”.

            Es la “propina” que he conservado con mas cariño durante todos estos años.

             Solía ir muy temprano al hospital y lo primero que hacía era pasarme por las salas de seis camas donde estaban los pacientes que yo tenía asignados, “Cirugía General”. Un curso, sala de hombres,  al siguiente, sala de mujeres.

            El aparecer tan temprano me daba la ventaja de pillarlos desprevenidos, recién despertados, cuando mejor se sinceraban. No solo de sus problemas dolencias   sino de las de los demás.

            Doctor; fulano no nos ha dejado dormir, toda la noche tosiendo. Mengano se ha quejado de dolores en la tripa y ha vomitado dos veces. A zutano le han tenido que poner un calmante a las cuatro de la mañana.

De esta manera me iba haciendo una idea de la evolución de la sala en general y de cada uno de los enfermos en particular. Era una información muy valiosa para después, cuando pasábamos la visita formal con el jefe.

Después de la visita oficial y antes de irme a casa volvía a la sala y me sentaba a los pies de alguna cama y charlábamos, tanto sobre las cosas de actualidad como sobre cosas banales.

El mechero: Resultado de la charla sobre lo perjudicial que era el tabaco.

            Se trata de un Zippo, color aluminio, de esos que tienen una tapa muy grande.

Paso visita en la sala de hombres y un paciente recién operado de un cáncer de pulmón al que voy a dar el alta alarga la mano y me entrega el mechero a la vez que me dice: Es el mechero que me regaló mi padre cuando empecé a fumar.

Doctor, como le he visto fumar en la cafetería, quiero que lo tenga como recuerdo mío…. Yo ya no lo voy a necesitar….

 La navaja: Consecuencia de las conversaciones sobre la vida en el  campo, la caza, etc.

            Paciente natural de la provincia de Albacete, dedicado a la cuchillería, operado del estómago, buena evolución y se va de alta.

            A los pocos días recibo un paquete que contiene una preciosa navaja y una carta manuscrita.

            Me agradece las atenciones recibidas y quiere que cada vez que vaya de caza y saque el taco de pan con el queso o el jamón, utilice en su memoria la navaja. O a la inversa, que cada vez que utilice la navaja tenga un recuerdo para él.

          El jersey: Consecuencia de mis visitas a la sala de mujeres, las tardes en que estaba de guardia en el hospital.

Me las encontraba, a  unas de charleta, otras leyendo las revistas de modas.

Una de ellas siempre estaba haciendo punto y yo unas veces le preguntaba si eso era punto de arroz, otras si estaba haciendo un elástico, la sisa o el escote.

A ella le encantaba mantenerme informado de los avances de su obra.

Llevaba varios días con la misma tarea y cuando la terminó me la presento para que yo le diera mi aprobación. Un jersey precioso a cuadros amarillos y negros.

Tenga, para usted.

Me lo probé y me sentaba estupendamente.

De verme todos los días se sabía mis medidas a la perfección sin haberme hecho ninguna prueba.

El zorro y la perdiz: Consecuencia de mis conversaciones sobre la caza.

            Mujer mayor natural de Los Yébenes. Territorio de caza en los Montes de Toledo.

            Tenga Doctor, de parte de mi hijo que se dedica a la taxidermia.

Y ahí me ves a mí paseando por todo el hospital, en dirección al aparcamiento donde tengo el coche, con un zorro y una perdiz disecados, debajo del brazo.

Los Iconos de San Isidoro y San Marcos Evangelista: Consecuencia de mis conversaciones con una mujer muy religiosa.

             Me dice que uno de sus hijos se dedica fabricar iconos al estilo de los de la iglesia oriental y me regala dos preciosos iconos que representan, uno a San Marcos y el otro a San Isidoro, para que me protejan y me den sabiduría para curar a los enfermos.

            Que Dios se lo pague porque estoy muy falto de ello.

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LA NOCHE DE LAS RANAS

LA NOCHE DE LAS RANAS

 

            Temporada de caza, Josechu nos invita a su finca “San Fidel” en Torrejoncillo – Provincia de Cuenca –.

            Vamos a pasar varios días cazando codornices y lo que salga, Jaime, Elías, el anfitrión y yo.

            Si fuera de lo conseguido en la primera jornada, no comeríamos. Gracias a que estaban las hermanas de Josechu y nos hicieron la comida.

            Al día siguiente de vuelta de unos ganchos sin éxito, ya atardeciendo, Jaime que no para, propone hacer una visita a la laguna por ver si enganchamos algún pato.

            Después de una larga espera y ya oscurecido, lo único que se hace perceptible y nos acompaña es una interminable e insoportable serenata de ranas croando.

De vuelta a la casa, otra ocurrencia de Jaimito, porque no volvemos a la laguna, cazamos ranas y mañana preparamos unas ancas de rana fritas de aperitivo.

Pues vamos, digo yo. Nunca he cazado ranas, pero antes me tienes que enseñar como se hace.

Contestación: Una tabla pequeña de unos 50 cm. Una linterna. Enchufas la luz a la rana que se queda inmóvil y zas, tablazo en toda la cresta y al saco.

Dicho y hecho, masacre de ranas, llenamos media bolsa de deportes de esas que son redondas.

Satisfechos nos volvemos a la casa.

Sentados en el salón hablamos de la jornada y preparamos el plan de ataque para el día siguiente, tomamos unas copas y nos acostamos. Hacemos campamento en la habitación de los chicos.

Nos acostamos rendidos y después de un profundo y reparador sueño nos levantamos al alba. Lo primero que hago es echar un vistazo a la bolsa de las ranas.

¡Está vacía!

Se conoce que los golpes no fueron lo suficientemente fuertes y mortíferos. Todas las ranas estaban saltando por la habitación vivitas y coleando.

Había que vernos corriendo por la habitación a la caza de las ranas prófugas.

A pesar de todo hubo aperitivo.

 

            

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EN LO ALTO DE LA SIERRA

Ave que vuela…

La Adrada, provincia de Ávila, primeras semanas del otoño de 1960.

Estamos descansando, sentados en unas rocas en lo alto de la sierra.

¡ La Sierra de Gredos ¡ En su parte mas oriental.

Después de una larga jornada de caminatas intermitentes, es digno de contemplar la maravillosa  panorámica que se nos ofrece de todo el Valle del Tiétar.

De izquierda a derecha; Sotillo de la Adrada, La Adrada, Piedralaves y Casas Viejas, en un primer plano.

Más a la derecha, las laderas de Mijares y Gavilanes.

En un segundo plano los términos de La Iglesuela y La Higuera y al fondo, entre la bruma, los Montes de Toledo.

Pero lo  que quiero justificar en este relato es el motivo de nuestro descanso por agotamiento, mas por la actividad física que por el mal de altura.

Comenzó la jornada cuando Eugenio, el “Talanda”, tocó en el cristal de mi ventana a eso de las cuatro de la mañana.

No os he contado que la casa de mis padres se encuentra al borde de una garganta truchera – la Garganta de Santa María (antes de la “Cagalera”) – en el paraje “Sierra de Aguas” – y a media legua de La Adrada, monte arriba por un camino forestal que lleva al monte público 51.

Me sacó bruscamente de un profundo sueño arrullado por el murmullo del agua que baja por la “Garganta” saltando alegre entre las rocas formando pequeñas cascadas.

Os voy a presentar a Eugenio: Mozo fornido, de baja estatura, familia de pastores, la tez curtida por los aires de la sierra.

Había recogido, de camino, a mi amigo y vecino campestre Jaime. Su casa esta un poco mas abajo, cerca del “Martinete”.

A propósito, Jaime venia cargando con su escopetilla de 12 milímetros y me instaba a que me llevara la mía. No lo creí necesario pues ya teníamos una “matona” y manejada además por un experto tirador, pero puse por excusa que con su peso me dificultaría la marcha.

Desperté a mi primo Hänschen (Juanito en alemán), alemán de Alemania, no alemán de los…

Natural de Frankfurt, que se encontraba pasando una temporada con nosotros, de vacaciones y que al proponerle acompañarnos en una excursión a lo alto de la sierra asintió lleno de ilusión.

Rápidamente nos arreglamos y pertrechamos para la aventura.

Salimos sin desayunar y después de hora y media de caminata, cuesta arriba, llegamos al refugio de “Matarrecia”. Descansamos un rato, bebimos agua y continuamos.

Al cabo de otra hora de camino, pasadas la “Eras de la Llega” avistamos la majada.

Tiene aparte del redil, un chozo rústico de base circular de unos tres metros de diámetro.

La circunferencia es un muro de piedra de un metro y medio de alto, hecho de mampostería sin argamasa alguna. Abierto hacia el sur para evitar los vientos fríos.

El armazón de troncos, reunidos en sus puntas, le da una forma cónica, realmente bonita.

La cubierta de ripias de madera está protegida con retamas, superpuestas escalonadamente, fijadas con cuerdas y alambres, con lo que se consigue realmente una buena impermeabilización y protección contra la lluvia y la nieve.

La puerta es de de madera, de metro y medio de alto, con forma cóncavo-convexa, como la forma de una teja. Está hecha, de una pieza, de un tronco de castaño. Se adapta a la superficie convexa de la circunferencia y se  sujeta por un lado, a uno de los troncos, con unas gruesas tiras de cuero fuerte.

El interior es francamente acogedor. Dividido en dos zonas por un tronco que, reposando en el suelo, cruza de lado a lado el habitáculo de manera oblicua y que sirve de asiento.

El hueco de la parte posterior, relleno de helechos secos y aplastados forma, hasta la altura del tronco, una amplia plataforma para el descanso nocturno. Se puede extender una manta y dormir bastante confortablemente.

Una vez sentados en el tronco,  a nuestro frente, a la derecha, está la puerta y a la izquierda de la puerta está el hogar. De entre las piedras salen unos hierros de donde cuelgan algunos utensilios de cocina, unas alforjas, una bota y un candil, utilizado para la iluminación nocturna. De día basta con dejar la puerta abierta.

Comienza la verdadera aventura, llena de sorpresas para el alemán.

¡Vamos a desayunar!

Al amor de la lumbre, donde refulgen todavía algunas ascuas, hay una gran sartén con tres patas, en su interior borbotea un guiso de patatas. En las alforjas, dos hogazas de pan de pueblo, pan candeal.

También guardan amorosamente un queso de cabra, un hermoso trozo de jamón y un taco de tocino salado.

¡Eugenio! ¿Quién nos ha preparado el almuerzo?

– Mi tío, que ayer tuvo que sacrificar una cabra que se había “mancado” partiéndose una pata al despeñarse de una roca.

La pitanza nos  la ha dejado preparada el tío de Eugenio antes de sacar las cabras a pastar al monte.

También nos ha dejado una pierna de la cabra, escondida entre las rocas, en la cuerda de  la sierra,  al lado de la fuente del ventisquero.

Mi primo me pregunta, por supuesto en alemán, ¿de qué está hecho el guiso? Yo le contesto que son patatas con el hígado, los riñones, los pulmones y el bazo, es decir el bofe o mejor dicho la casquería de una cabra. No le aclaro nada más.

La cara de mi primo y sus comentarios podían ser, tanto de asombro como de asco – pobre chico de ciudad – remiso a probar bocado.

No me atreví a traducírselo al “Talanda” por cortesía.

Nosotros impertérritos.

Cogimos cada uno un cantero del pan de hogaza y sacándole la miga nos fabricamos el adecuado utensilio a modo de cuchara y comenzamos a disfrutar de las patatas guisadas, dándole de vez en cuando un tiento a la bota, de la cual brotaba un delicioso vino tinto de la zona, embocado, dulzón.

Juanito al ver que no nos pasaba nada y acuciado por el hambre, pues tampoco había desayunado, tomó primero un amplio trago de la bota y después de limpiarse con el dorso de la mano los chorretes de las comisuras, debidos a su inexperiencia en cuestiones de botas y botijos, tímidamente pidió un “utensilio”.

El vino debió hacer su efecto pues haciendo de tripas corazón y con el  zoquete de pan en la diestra, comenzó la cata del guiso.

Si no nos damos prisa nos deja “in albis”, que rápido engullía el condenado.

Terminado el almuerzo, serían las ocho de la mañana, continuamos la marcha, dejamos el camino y cogimos un sendero en dirección hacia el pino del “Aprisquillo”.

Junto a un  arroyo, “Cuqui” el perro de Eugenio tomó el rastro de una ardilla, la divisó en lo alto de un pino y la fue corriendo a base de latidos (ladridos cortos y seguidos) a la vez que daba, de vez en cuando, saltos amenazando a la ardilla de subir a los pinos a por ella.

Mientras él iba por el suelo con la cabeza ladeada, mirando con un ojo al camino y con el otro a la ardilla, esta saltaba de pino en pino hasta acabar en uno, totalmente aislado.

La había acorralado.

Sintiéndose perdida saltó al vacío. No tuvo escapatoria. Cuqui la atrapó, y con un zarandeo la descoyuntó.

Ardilla al zurrón y comentario de Juanito: ¡por que guarda  Eugenio la ardilla en el zurrón!

Le tuve que explicar lo sabrosa que es la carne de ardilla en un  arroz. Solo se alimenta de piñones.

Llegamos al Pino del Aprisquillo, un ejemplar centenario que no lo abarcan, rodeándolo, varios hombres entrelazando sus manos, respetado posiblemente por lo dificultoso que hubiese sido su arrastre para sacarlo de su enclave, una vez talado.

Parada y fonda, son las diez y hay que reponer fuerzas.

Sale del zurrón el queso, de los que hace la familia de Eugenio, un buen trozo del jamón de la matanza y el consabido pan.

Exquisito el queso de cabra muy curado.

El jamón no tiene nada que envidiar a uno extremeño y el pan, divino.

Mi primo no lo rehúsa, son para él, manjares conocidos. Además los hace pasar por el gaznate a base de sucesivos tientos a la bota. Ya no le importa mancharse.

Los demás damos buena cuenta de las viandas. Sobre el zoquete de pan vamos cortando con la navaja trozo de queso, trozo de jamón…… y trago de vino.

Pienso en voz alta dirigiéndome a Eugenio – recuerdo con fruición el taco de tocino cortado sobre el pan que comí el otro día en tu casa –

Dicho y hecho, Eugenio saca del zurrón un trozo de tocino y me lo ofrece. No le hago ascos.

¡Vale ya!

¡En marcha!

Poco  a poco según vamos ascendiendo van desapareciendo los pinos y son sustituidos por retamas y piornos. Más arriba, casi en la cima solo canchales y rocas.

Solo quedan los restos del tronco de un pino derribado, victima de un rayo.

Subiendo por los canchales llegamos a la fuente.

Mi primo observa intrigado a nuestro guía y amigo.

Está separando y apartando un grupo de piedras. Ha encontrado la pierna escondida de la cabra.

Miro al alemán y noto un gesto inquisidor. Se lo que va a preguntar y me adelanto contándole la verdad, lo de la victima del accidente.

Mientras tanto hemos preparado un corro de piedras y con las ramas del pino que vimos en la subida, cerca ya de la fuente, encendemos la correspondiente hoguera. Eugenio trae una lancha de piedra, la coloca encima del fuego, mecha la pierna con el resto del tocino, el que no me comí por vergüenza y la coloca encima de la plancha improvisada.

Vamos a comer “pierna de cabra a la piedra”.

Mientras se asa la pierna,  Juanito comienza a rodar piedras canchal abajo. Ríe a carcajadas divertido por el ruido que producen los pequeños aludes.

¿Dónde esta el Talanda?

Ha desaparecido.

Al cabo de un rato aparece con el tronco seco del pino al hombro.

¡Alemán! Ahora si que te vas a divertir, le dice a mi primo.

Se acerca a una gran roca, de mas de un metro de altura y haciendo palanca con el tronco la precipita al vacío.

La que se armó. Menuda avalancha de piedras canchal abajo. Por lo menos recorrió doscientos metros dando tumbos con un estrépito ensordecedor.

Mi primo no salía de su asombro.

Nos dispusimos alrededor de la lumbre con la improvisada plancha y comenzamos a comer.

De pronto divisamos a lo lejos una pareja de enormes cuervos que descendieron por detrás de unas rocas.

Seguramente con la intención de dar buena cuenta de la cría de alguna cabra montes “Capra Hispanica” habitantes de la Sierra de Gredos.

Jaime, como buen cazador que ama la naturaleza, con la intención de ayudar a la posible víctima, rececha a los depredadores ocultándose entre las rocas. Se aproxima y se hace ver.

Dos disparos certeros. Vemos como caen abatidos los dos enormes cuervos.

Juanito exclama con una cara de espanto: ¿También nos los vamos a comer?

Recogemos, apagamos el fuego y de vuelta a casa.

Ha sido un día impresionante, estoy rendido. Me siento en el sillón frente al televisor y según me voy quedando traspuesto escucho como Hänschen le cuenta sus vivencias a sus tíos, mis padres.

Oigo una carcajada de mi padre y le dice: también comen lagarto, etc. y otros pajarracos.

¡Ave que vuela a la cazuela!

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ESPERA CON LUNA LLENA

A LA ESPERA DEL ZORRO

            ¡Dieter!

Jaime, apoyado en el quicio de la puerta me llama.

            Pasa, ¿qué quieres?

Hoy hay luna llena, ¿que te parece si hacemos una espera al zorro?

            ¡De acuerdo!

Nos acomodamos confortablemente frente a la chimenea, donde crepitan unos troncos de encina y cuyas llamas crean un ambiente realmente acogedor y propicio para preparar la estrategia de la nueva aventura.

Destino: Una zorrera que tiene cobijo bajo unas grandes rocas en la vertiente sur de las “Cabezas”.

Reclamo: una especie de silbato hecho con dos láminas de madera entre las cuales se tensa una lámina rectangular recortada de un globo y que al soplar a través del mismo se produce un ruido que imita el chillido de un conejo.

 

Pertrechos: Aparte de las escopetas provistas de cartuchos con perdigones zorreros, una buena linterna y la vestimenta. 

Como es época de frío, iremos protegidos con unos pantalones de pana, una gruesa zamarra, amén de un gorro con orejeras u unas buenas botas de monte.

Dentro del bolsillo lateral derecho de la zamarra deslizo con discreción una “petaca” con un buen brandy, por si acaso arreciara el cierzo invernal.

            Después de cenar unas “patatas revolconas” con torreznos y un huevo frito cogemos el coche y nos dirigimos hacia el cazadero.

            Bajamos al pueblo y siguiendo la carretera hacia la Iglesuela dejamos atrás “la Cotá”, llegamos al “puente nuevo” dejando a la derecha el cerro blanco, pasamos el río y girando a la izquierda abandonamos la carretera. Tomamos un camino de tierra y a unos cien metros aparcamos el coche.

            Ya a pie, entre la “Miguelesa” y la Dehesa Hoyuelas” camino de “Entrecabezas” encontramos el apostadero. Un conjunto de seis o siete rocas, donde se encuentra la zorrera, accesible por la vertiente sur hasta una roca grande, donde nos sentamos espalda con espalda.

            Yo dominando la parte sur, donde se encuentra la entrada a la madriguera y Jaime dominando la parte de norte de la ladera excepto la zona que rodea la base de la roca.

            Ya se ha hecho de noche, no corre el aire y como estamos en alto, nuestro olor no puede delatar nuestra presencia.

            Esperamos a que salga la luna y comienza la serenata.

            De manera intermitente hacemos sonar el reclamo. Al principio parecía que se estaba desarrollando una pelea entre dos conejos machos.

Al cabo de diez minutos repetimos los chillidos como si fueran de un conejo que hubiera caído en un cepo.

Otro descanso y nueva sesión. Sentía realmente pena pues parecía que al pobre conejo poco menos que lo estaban despellejando vivo.

No había pasado ni un instante cuando de repente oigo a mi espalda un exabrupto mientras Jaime da un respingo.

El zorro, que no se había percatado de nuestra presencia y pensando que el conejo se encontraba atrapado entre alguna de las piedras de arriba, de un salto subió a la roca y se dio de bruces con Jaime.

Visto y no visto, se tiró abajo y Jaime lo perdió de vista.

Fue un instante en que no sé quien se asustó más, si el zorro o Jaime, al que no le dio tiempo ni a encara la escopeta.

De recogida para casa no parábamos de reír a carcajadas.

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MOMENTOS VIVIDOS

PASAJES DE MI VIDA

 

Cuando y porqué nací yo en Berlín:

 

            Mi familia (mis abuelos paternos, Gustavo y Anna) alemanes de origen, luteranos, residían en España desde principios del Siglo XX.

En el verano de 1937 mis padres, Karl Otto y Anne Marie (también nacidos en Alemania), se encontraban residiendo en Sevilla.

Vivíamos, alquilados, en un chalet de dos plantas, con un jardincito muy cuidado, que pertenecía a un matrimonio sin hijos.

Aragoneses, con la gracia y el salero andaluces, tan simpáticos y cariñosos que los adoptamos como “Tía Pilar” y “Tío Paco”.

Vivían en la planta de arriba con su perro, un pastor alemán precioso, llamado Collie, muy dócil y obediente. Llegaría a ser mi guía y guardián en el futuro.  Nosotros habitábamos el piso de abajo.

A la sazón mi madre se encontraba en avanzado estado de gestación.

El consejo de familia decidió, que dada la precaria situación de la sanidad y debido al conflicto bélico del momento, era aconsejable enviar a mi madre a dar a luz a Alemania.

Por eso nací en Berlín el 26 de octubre de 1937.

De vuelta a Sevilla y cuando tenia un año escaso estalló un brote de poliomielitis, yo fui uno de los afectados.

Una vez pasada la fase aguda de la infección vírica, en aquel momento solo existía un tratamiento paliativo que consistía en aplicación de calor local y fisioterapia basada en movimientos pasivos de las partes afectadas para evitar rigideces articulares, acortamientos musculares, deformaciones, etc.

Pasada la fase aguda y después de normalizarse mi estado general, me quedaron unas secuelas  que afortunadamente, afectaron solamente a la cadera y pierna derechas. Tenía muy poca fuerza en el muslo y casi ninguna en la pierna por atrofia de los gemelos, tampoco en el pie, por inactividad del tendón de Aquiles,  de tal manera que no podía sujetarme firme ni dar pasos sin asirme a algo.

Cuando me dejaban en el corralito me levantaba asiéndome con la mano derecha y desplazándome hacia los lados dando pequeños pasos con mucha dificultad. Eso puede ser la causa de mi habilidad con la mano izquierda, que era la que me quedaba libre.

 

Mi amor a los perros:

Un día que me dejaron sobre el suelo del salón, en la alfombra. Mi madre que había ido a la cocina a no sé que, se llevó la mayor sorpresa de su vida al verme aparecer por la puerta andando, agarrado al pelo del cuello de Collie que me servia de apoyo.

A partir de entonces el perro no se separaría nunca de mí. Se convirtió en mi guardián y compañero de juegos.

Como lo que más le gustaba era retozar conmigo en el jardín, llegó a enseñarme a bajar las escaleras agarrado a su cuello, jugábamos un rato y cuando nos llamaban a comer se tumbaba a mi lado, yo me agarraba a su cuello y despacio se levantaba obligándome a levantarme y me acompañaba subiendo despacito escalón tras escalón, siempre protegiéndome la espalda con su cuerpo para que no me cayera hacia atrás.

Después de comer  tocaba dormir, Collie se tumbaba a los pies del corralito y guardaba mis sueños. Si se me ocurría despertarme llorando, raudo iba a avisar a mi madre, daba un pequeño ladrido y le tiraba del borde de a falda.

Más anécdotas sobre Collie:

 

Una; La pandilla de amigos alemanes de la colonia solía jugar al fútbol con sus amigos sevillanos y un día se les ocurrió llevar a Collie y ponerle de portero. Cuando el delantero se acercaba a portería, el perro siempre y con mucha habilidad, conseguía arrebatarle el balón – supongo que por el respeto y la intimidación que imponía – lo que ocasionaba las risas y burlas de sus compañeros de equipo – Pepe, que así se llamaba el delantero, enfadado, en la primera ocasión que le llegó el balón no se lo pensó dos veces y chutó desde lejos… ¡Metió gol!

El jolgorio que se armó alrededor de Collie fue tal que éste, mosqueado se acercó al balón, levantó la pata y se orinó encima, se dio media vuelta y se vino a casa.

 

Otra; Cierto día volvía mi madre de la compra, fue a ver como estaba yo y dejó en la silla de la entrada una bolsa de papel con media docena de huevos.

Collie ni corto ni perezoso cogió la bolsa pensando que eran de su ama y subiendo al piso de arriba se la llevó a “Tía Pilar”. Ésta, al ver al perro con la bolsa de papel colgando de sus fauces y pensando, según estaba la economía, el trastorno que supondría la rotura y perdida de tan preciado tesoro, no pudo contener un grito y le increpó – ¡estos huevos son de Ana María!

Creéis que se inmutó, en absoluto. Tranquilamente y con parsimonia volvió a bajar las escaleras y le entregó la bolsa, sana y salva a mi madre.

Como no voy a amar a los perros, más si son Pastores y como yo !Alemanes!

 

Mi primera aventura en el extranjero

 

            Corría el año 1940. Plena Guerra Mundial. Mi cojera aumentaba por la inestabilidad de mi pierna y se me iba formando un “pie talo”, es decir que por la falta de fuerza en el tendón de Aquiles no podía andar de puntillas, para que comprendáis; En la arena de la playa se me hundía el talón y el pie se flexionaba en exceso.

            Los médicos opinaban que debería hacerse una corrección ortopédica.

            Reunido el consejo de familia decidieron que si se hacía, debería ser en Alemania donde se encontraba por entonces el mejor traumatólogo del mundo, el Dr. Sauerbruch, experto en toda clase de técnicas traumatológicas, debido a su amplia experiencia con los heridos de guerra.

A mi madre no le parecía bien enviarme a Berlín en pleno fregado bélico.

¡Habló el Patriarca “Don Gustavo”! que le dijo a su nuera: Anne Marie si le envías a Berlín y muere en uno de los bombardeos, “angelitos al cielo”. Pero si no le mandas y queda inválido, a lo mejor no te lo perdona en la vida. Y de todas maneras de momento los aliados no están bombardeando hospitales.

Marchando a Berlín… , operación al canto, acortamiento y refuerzo del tendón de Aquiles y tan tieso.

Tengo dos vagos recuerdos de esa época: durante mi estancia en el hospital; Oír el rugido e los aviones sobrevolándonos, y durante los días de convalecencia en casa con mi abuela Anna; el ulular de las sirenas. Me cogían en volandas y corriendo al refugio antiaéreo. Nada más.

 

Donde nació mi vocación hacia la medicina:

 

Era el año 1950, mi tendón de Aquiles se había debilitado y la pierna derecha se había desarrollado algo menos que la izquierda. Necesitaba llevar un aparato que me fijara mejor el tobillo. Como la medicina había avanzado y en Madrid vivía un extraordinario traumatólogo, que ejercía en el Hospital Niño Jesús. Me llevaron a su presencia y se programó una multi – intervención: refuerzo del tendón de Aquiles con trasposición del tendón del músculo peronéo lateral largo, que haría las funciones de los gemelos y artrodésis del tobillo que fijaría el mismo evitando el pie talo.

Durante el tiempo que estuve en el hospital se desarrollo la segunda gran epidemia de polio en que me he visto envuelto.

En este caso no afectó a mi salud puesto que ya la había pasado y estaba inmunizado. Pero si me debió afectar anímicamente y espiritualmente pues fui testigo de la inmensa labor asistencial del personal del hospital.

Pude comprobar la dedicación absoluta, en cuerpo y alma, de las monjitas Hermanas de la Caridad, hacia aquella cantidad de niños enfermos a los cuales atendían de día y de noche, sin descanso.

Mi participación consistió en transportar, en mi silla de ruedas y sobre mi regazo, las pequeñas bolsas de hule o gutapercha que cosían sin parar las monjas, llevarlas al jardín, donde las llenaban de arena y retornarlas para que las metieran en el autoclave para esterilizarlas. Una vez calentitas, se las aplicaban a esos miembros flácidos.

Estoy orgulloso de haber aportado mi granito de arena, mejor dicho los millones de granos de arena, por supuesto que de una manera inconsciente de lo que estaba haciendo, en aquella situación tan grave.

El ejemplo de amor, dedicación y espiritualidad que viví debió influir en mí ánimo de tal manera que salí del hospital bautizado, con la primera comunión recibida y el firme propósito de ser médico.

 

 

 

 

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