DESPEDIDAS

MIS MÚLTIPLES DESPEDIDAS

 

El instinto de superación

 

Los pensamientos reflejados en estos escritos los denomino DESPEDIDAS,  pero no en sentido de finiquitos sino que se refieren al reconocimiento de unos límites que impone la propia naturaleza.

Período que queda atrás y da paso a otro intento, siempre de superación, por supuesto, en una nueva faceta para mi formación física, atlética, deportiva, y con la ilusión de alcanzar ciertas metas reales y posibles, nunca quimeras.

Estas DESPEDIDAS, han ido forjando mi instinto de superación, han formado mi carácter para la consecución de logros, nunca por encima de mis posibilidades y  limitadas por supuesto a mi condición de discapacitado.

 

1ª Despedida

 

Baloncesto:

Instituto Ramiro de Maeztu, cuarto curso D, en el recreo jugábamos al baloncesto, en una canasta, pachangas de cuatro contra cuatro. Jugamos fenomenal, somos los mejores de todo curso.

Comienza el movimiento para la creación de los equipos que representarán  al instituto.

No se me olvidará. Un jugador llamado Laborda, creo que era del Real Madrid fue encargado de seleccionar los mejores jugadores de 4º curso, otros profesionales lo harían de los otros cursos.

 

Comenzaron las pruebas:

 

Lanzar desde el punto de las personales, lo supero.

Lanzar desde la esquina, también conseguido.

Entradas en oblicuo desde la izquierda, lo mismo.

Entradas desde la derecha, prueba superada.

Estaría bueno, si yo era de los mejores.

            Reunión con el entrenador, seleccionador: fue eligiendo uno a uno y al llegar a mí me dijo – mira Dieter, eres muy bueno pero no te puedo poner en ningún equipo porque en carrera o en la disputa de un balón te pueden hacer mucho daño. Si quieres te puedes quedar como mi segundo y ayudarme en los entrenamientos y en los partidos…

            Adiós al baloncesto.

            No se hundió el mundo.

 

2ª Despedida

 

Fútbol:

Como dominaba el balón con las manos y arrestos no me faltaban, me pasé al fútbol.

Estuve jugando con mis amigos de clase durante dos cursos.

¿De que podía yo jugar? Pues de portero, un portero que arriesgaba mucho.

            Un día, faltando muy poco para que se acabara el recreo íbamos ganado por un gol. El delantero contrario consiguió zafarse del defensa y se encaró a la portería. Estaba a dos metros de mí, para evitar el gol me arrojé a sus pies, atrapé el balón pero también sus piernas.

            El pobre se estampó contra el poste y se abrió una buen  brecha en la cabeza y a la enfermería.

            En otra ocasión y situación similar el lesionado fui yo. La patada casi me cuesta una fractura de costillas. Solo fue una contusión, pero que todavía recuerdo.

            Como era final de curso y se acercaba la reválida de sexto. Pausa deportiva. Adiós al Instituto y…

Adiós al fútbol.

            Tampoco se hundió el mundo.

 

3ª Despedida

 

Natación:

 

            Entre los años 1945 y 1950 estuve interno en un colegio que tenía una hermosa piscina olímpica.

            Teníamos hora de gimnasia y deportes. Uno de ellos era la natación. Me venía muy bien como medio de rehabilitación y tonificación muscular, pero había dos inconvenientes: uno, que el agua estaba fría y dos, como no tenía fuerza en la pierna avanzaba muy poco. Nadie me enseñaba, no sabia respirar y no sincronizaba la respiración con los movimientos.

            Estuve dos años luchando contra algo que no me gustaba, disminuía mi interés, iba perdiendo la ilusión. Solo me mantenía la fuerza de voluntad pero cada vez le dedicaba menos tiempo

            Un día que no me apetecía nada el baño, unos compañeros me querían obligar a meterme en el agua y yo me resistía. Así que me cogieron por piernas y brazos me balacearon y me soltaron, con tan mala fortuna que me golpee con el borde de la piscina y me rompí un labio.

Adiós a la natación.

            El mundo seguía estando ahí.

 

4ª Despedida

 

Ciclismo:

            En 1951 ya estaba en casa, había dejado el internado. Como quería seguir haciendo ejercicio, pedí para mi cumpleaños una bicicleta.

            Como tenia el problema de la falta de fuerza en la pierna derecha y me era difícil subirme o bajarme de una bici, pedí que fuera una bici de chica.

Me regalaron una de la marca Orbea y con ella disfruté dando vueltas en el paseo que había delante de los Nuevos Ministerios. Dichos paseos eran cada vez más largos. Lo mas lejos que llegué fue un día que hice los veintitantos kilómetros hasta Las Matas. Fue muy dura la vuelta dado que la bici era muy pesada.

Como creía que era un experto ciclista y mi hermano mayor tenía una bicicleta casi de carreras, decidí probarla.

En mala hora.

Bajando por la calle Ríos Rosas, donde circulaba todavía el tranvía de la línea 45, en la curva hacia la derecha que rodeaba los Nuevos Ministerios, introduje la rueda delantera en el raíl.

Me pegué un tortazo fenomenal. Lo de menos fue el golpe, lo de más fue el destrozo de la bici. Destrocé el faro y la rueda delantera quedó hecha un churro.

Se acercaba la hora de ir a la universidad a estudiar medicina y no era cuestión de correr ningún riesgo.

Adiós al Ciclismo.

            El mundo tampoco se hundió.

 

5ª Despedida

 

Equitación:

            1959 ya en primero de medicina, estrenan mis padres una casa de campo a dos kilómetros y medio del pueblo de La Adrada, provincia de Ávila, en pleno monte en la falda de la Sierra de Gredos.

            Entablamos amistad con los únicos vecinos, por entonces, de los alrededores. Jaime, el hijo, me dijo que su tío Pepe tenía algo que ver con la Escuela Española de Equitación que estaba en la Casa de Campo, en lo que era la Feria del Campo. Nos inscribimos y así comencé mi época ecuestre.

            Después de pertrecharme con la ropa adecuada y unas buenas botas a medida – con cremallera a todo lo largo para poder meter el pie con el tobilla rígido – Comencé en la pista pequeña a conocer lo que era un caballo, aprendí los aires o pasos de los mismos, a manejar las riendas para dar las ordenes oportunas para lograr la obediencia del caballo, pero lo que peor se me daba era manejar las piernas, obviamente porque la primera que no obedecía era mi perna derecha. No podía hacer fuerza con el abductor por lo que no podía sujetarme con fuerza a la montura, lo cual me obligaba mantener el equilibrio solo sobre los estribos.

            No fue óbice para mi progreso como jinete, de tal manera que al año siguiente pasé a la Pista de arriba, la pista grande, donde al cabo del tiempo lograba dominar incluso el galope. Montaba casi siempre un caballo no muy grande, recogido, muy alegre pero obediente, el “Polvorilla”.

Al principio todo transcurría de forma normal pero una tarde la pólvora de Polvorilla debió prenderse y se corrió una caña. El profe me gritaba, baja las manos, aprieta los muslos, sienta el culo y echa el peso atrás. Polvorilla se hacía el sordo, pero por fin pude convencerle y se paró. Creo que me quedé pálido.

Otro día en la clase de tanda el profesor se colocó en la pista para dar una orden, los caballos ya sabían lo que tenían que hacer, por la situación en que se encontraba el maestro  y antes de que retumbara la voz de “Izquierda” el Polvorilla había girado a la izquierda mientras mi mente seguía de frente. Aterricé en la pista todo lo largo que era. Qué creéis que me dijo el profe; ¡Quién te ha dado permiso para bajarte en marcha!.

A la vista de mis progresos el profesor decidió que habiendo pasado el tiempo suficiente era hora de comenzar las clases de salto.

La última faena: Clase de salto; Tomo el primero; Era un simple madero en el suelo – Bien -. Tomo el segundo; eran dos palos cruzados y el caballo salta por lo mas bajo – bien -. El tercero ya era un obstáculo vertical de unos ochenta centímetros. Vamos Polvorilla, ánimo, que esto no es nada. No le convencí y al llegar al mismo pegó un frenazo y como no me pude sujetar con los muslos salí por las orejas.

Uno, ya casi médico, no se podía arriesgar más.

Adiós a la equitación.  

            Fueron años felices y fructíferos  desde el punto de vista terapéutico.

           

Año 2000, mes de mayo, me resbalo en el porche del chalet de Cercedilla, se me enreda la pierna mala en una mecedora y se oye un chasquido. Me he roto el fémur derecho, no es mala la fractura y se resuelve con un clavo intra medular.

            Pero el postoperatorio es largo, pues un hueso de un miembro paralítico no suelda tan rápido como uno normal y menos en un muchacho de 63 años. Dos meses tumbado, cuatro en silla de ruedas. Control radiológico, consolidación adecuada pero escasa. Dos meses con muletas sin apoyar, control de RX, buena evolución, permiso para apoyar.

            De vuelta a la facultad de Veterinaria. Bueno no os he contado que siendo cirujano en el Hospital Clínico de San Carlos, realicé mi Tesis Doctoral sobre la hidatidosis (Quistes hidatídicos que transmiten los perros) y con tal motivo contacté con la Facultad de Veterinaria. Me cautivó el ambiente, renació en mi el amor a los animales, que había quedado un poco abandonado en el trastero de mi corazón y me vi involucrado en los estudios de la carrera de Veterinaria.

Terminé la carrera. Me nombraron profesor de cirugía.

            Época, antes de las incompatibilidades, en la que por la mañana era cirujano de humanos y por las tardes cirujano de animales.

            Cierto día apareció en el tablón de anuncios un  acuerdo entre la universidad y la escuela de golf de somonte que ofrecía cursos de golf para el personal de la complutense.

           

El Golf: ¿Último eslabón para mantenerme en forma?

Recapacité: En estos meses de inactividad he perdido toda la poca musculatura que tenía.

El golf es un deporte sano, no violento, se realiza al aire libre y requiere la intervención de todos los músculos del cuerpo. Apto para todas las edades. Por lo tanto es apto para mí.

Asistí a las clases durante varios cursos en Somontes y un buen día se inauguro en el Centro de Tecnificación del Deporte, donde antes estaba el parque deportivo sindical.

Allí tiene la sede la Federación Madrileña de Golf donde me matriculé, saque mi licencia de federado, y  conseguí el handicap 36.

Empecé a ir a las clases en serio, participo en torneos y he conseguido bajar el handicap hasta 24,5 y presumo de algún pequeño trofeo.

Un día surgió la idea de formar, en la federación, un comité de golf adaptado, del que formo parte como vocal, para personas con discapacidad y esta idea fraguó en una escuela de golf para discapacitados físico y cinco escuelas para discapacitados síquicos y sensoriales.

La Federación Nacional de Golf formó otro comité de golf adaptado, del cual soy miembro vocal y ya ha puesto en marcha 35 escuelas especiales por toda España.

Como veréis estoy enganchado a este deporte inocuo para mí, que hace que recupere las fuerzas perdidas y mantenga la ilusión de conseguir las muchas metas que me prpongo: Desde hacer un hoyo en uno, a ganar algún torneo.

De momento soy el Capitán del Equipo Nacional, no jugador – por que todos los del equipo son infinitamente mejores que yo.

Algún día…

 

            Puedo prometer y prometo que en este asunto no habrá DESPEDIDA

 

                        

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SE ACERCA LA NAVIDAD

SE ACERCA LA NAVIDAD

 

José era el padre de una familia muy humilde que vivía, con su mujer, María y su hijo Jesús, en una pobre cabaña construida en un claro del bosque.

José salía al bosque con  Jesús y mientras él recogía leña para el hogar, el niño jugaba con los animales del bosque y con los pajaritos a los que daba miguitas de pan mientras iba recolectando frutos el bosque – fresas silvestres, frambuesas, moras y  arándanos – que llevaba a su madre para hacer ricas mermeladas.

El año había sido malo de cosechas y los ingresos escasos. Lo que obligó a José a trasladarse a la ciudad a hacer fortuna.

No te preocupes le dijo a su mujer, volveré pronto. A Jesús le prometió una harmónica para Nochebuena y se despidió de ellos.

Pasaron los días y como José no volvía, Maria dijo a su hijo – vamos a preparar el Belén –

Jesús ayudó a su madre y montaron un Belén precioso, donde lo que más resaltaba era el Niño.

Cada vez que volvía a casa, después de besar a su madre y entregarle lo que traía del bosque se paraba delante del Belén y le contaba al “Niño” lo que había hecho esa mañana y el “Niño” sonreía.

Una mañana al despertarse Jesús, comprobó que su madre no se había levantado, fue a ver y se la encontró en la cama con mucha fiebre y escalofríos. Fue a encender la lumbre para calentarla pero la leña se había acabado. Corriendo fue al bosque cercano  y mientras recogía un brazado de leña les decía a sus amigos los pajaritos que no podía entretenerse dándoles miguitas porque su madre estaba en la cama enferma.

Al llegar a casa pasó por delante del Belén y llorando le contó sus penas al “Niño”, seguidamente encendió la lumbre, calentó un poco de sopa y se la llevo a su madre.

El resto del día se dedicó a arreglar la casa y a atender a su madre con todo cariño. Pero ésta no mejoraba, continuaba con fiebre y se pasaba toda la noche tosiendo.

La noticia corrió por el bosque como la pólvora y todos los animales amigos de Jesús se reunieron bajo la presidencia del Búho, el cual asigno a cada uno una tarea.

Por la mañana Jesús se levanto temprano para ir al bosque a por leña y al salir de casa se llevó una gran sorpresa. Sobre el tronco donde su padre cortaba la leña había un ramillete de hierbas aromáticas que le habían recogido la familia conejo y un panal de miel que le había traído papá oso y al lado de la puerta un montón de ramas secas que trajo el ciervo en sus enormes cuernas.

Contento lo metió todo en casa, encendió una buena lumbre, preparó una infusión con las hierbas medicinales a la que añadió la miel y se la sirvió a su madre, que reconfortada quedó dormida. Momento que aprovecho Jesús para ir a contárselo al “Niño”, y el “Niño” sonreía.

Al día siguiente, en el banco al lado del pozo, se encontró un montón de nueces, avellanas y castañas que habían recolectado las ardillas.

Corriendo encendió el fuego, preparo la infusión con miel y se la llevó a su madre que la tomó con gusto.

Acto seguido fue al Belén y se lo contó al“Niño”, y el “Niño” sonreía.

A la mañana siguiente otra sorpresa; sus amigos los pajaritos recolectaron para él unos jugosos y dulces frutos del bosque que depositaron en el alfeizar de la ventana.  Como la madre se encontraba mejor preparó un riquísimo pastel de castañas, nueces y avellanas adornado con las fresas, frambuesas, moras y arándanos.

Después de desayunar Jesús, como de costumbre se acercó al Belén y se lo contó al “Niño”, y el “Niño” sonreía.

Así fuero pasando los días pero el padre no volvía.

La víspera de Navidad comenzó una fuerte nevada, preocupado Jesús se acercó al Belén y se lo contó al “Niño”, y el “Niño” sonreía.

Al anochecer Jesús pareció oír una melodía, llamó a su madre y se asomaron a la puerta, en la oscuridad les pareció ver una silueta en lo alto de la loma.

Habiendo conseguido ahorrar un dinero, José decidió el regreso a casa pero al llegar al bosque y debido a la gran nevada se encontró perdido. Se acordó de su mujer y de su hijo y elevó una plegaria al Cielo.

De pronto aparecieron una especie de parejas de puntos relucientes que parpadeaban en la oscuridad.

Eran los ojos amarillos de la familia de los Búhos que le iban señalando el camino hasta lo alto de la loma desde la cual pudo divisar la columna de humo que salía de la chimenea.

Contento, sacó la harmónica que le traía de regalo a su hijo y toco una canción.

Es lo que escuchaban Maria y Jesús desde la cabaña.

Juntos los tres, se acercaron al Belén y mientras Jesús tocaba un villancico con la harmónica que le había  regalado su padre, el “Niño” no dejaba de sonreír.

 

 

 

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LAS GARZAS

LAS GARZAS

 

Fito y Fita, una pequeña pareja de aves acuáticas, llevaban varios días de viaje volando en busca de un lugar para anidar.

Cansados de tan largo viaje, al pasar por encima del norte de España vieron una laguna enorme, de un color verde esmeralda y en la que se reflejaban las nubes.

Mira – parece que un trozo de cielo se hubiera posado en el agua – dijo Fita.

La laguna estaba bordeada de carrizos que se mecían con el aire, bailando una suave danza, al son de la leve música que producía el viento al pasar entre los cañaverales.

Fito dio – mira que laguna tan bonita, aquí podríamos descansar, e incluso pasar el invierno -.

Fita, un poco preocupada dijo –desde aquí arriba veo un oscuro bosque cerca de la laguna, me da miedo, no me inspira confianza -.

Fito respondió – no tengas miedo, construiré un nido seguro y yo te protegeré – Además con no salir de la laguna, no nos podrá ocurrir ningún mal –

Convencida ella de que no corrían ningún peligro, descendieron en picado y aterrizaron en el agua.

Bueno, no se debería decir aterrizar, pues aterrizar es posarse en la tierra.

Que bello es este lugar, dijo ella – Y que calentita esta el agua, dijo él –

Se pasaron toda la tarde recorriendo la laguna, hasta que en un entrante de la ribera, casi cuando se ponía el sol y justo en un rincón en el que desembocaba un arrollo que alimentaba la laguna de agua fresca, encontraron el sitio perfecto para construir su vivienda.

Fito se quedó extasiado al ver, al contraluz, como brillaban los bonitos colores de las plumas de Fita.

Se le escapo un hondo suspiro –

¡Que preciosa esta!

Como pudieron  y arrebujados el uno contra el otro, pasaron la noche.

Él la protegía cubriéndola con el ala, para que el rocío no estropeara su hermoso plumaje, acunándola hasta que apareció la aurora y se hizo de día.

Con el brillo del sol el lugar parecía más bello todavía que la tarde anterior.

La vida empezó a bullir a su alrededor.

Entonces una hermosa libélula se poso en una caña muy cerca de él.

Al verla pensó para sí – Que bocado tan suculento –

Rápidamente la cogió por una ala y se la llevó a su compañera.

– Toma, no es mucho, pero te servirá de desayuno –

Fita, al ver esa maravilla de colores tornasolados y ese cuerpo tan gracioso, le dijo a su marido – Suéltala, que viva para mostrar su gracia a la naturaleza –

Libre la libélula, se posó en el piquito de Fita y como dándole un beso le dijo –Gracias, no lo olvidaré nunca –

Salió volando y con toda prisa le contó a todos los habitantes de la laguna lo que le había sucedido.

Fito no se quedó contento y se fue a buscar alimento.

A la revuelta del arrollo vio un hermoso pez y… ¡zas!

Lo cogió por la cola y se lo llevó a Fita.

Ella al verlo dijo – Que bonito es, como brillan sus escamas, parece de plata –

¿No ves como me mira con esos enormes ojos saltones? – No me lo puedo comer –

Y lo dejó libre.

El pez, dando saltos de alegría les dijo  – Gracias, no lo olvidaré mientras viva -.

Y se fue nadando a toda prisa a contárselo a sus amigos.

Sin perder las esperanzas, Fito seguía nadando por la laguna cuando vio una enorme rana, la apresó por una pata y se la presentó a Fita diciendo – ¡Esto si que es un bocado exquisito! –

La rana croando de angustia imploraba – Por favor no me comáis, tengo una enorme familia que cuidar -.

            Fita compasiva dijo – Suelta a la pobrecita -. Y la rana llena de gratitud croaba de alegría, no lo olvidare jamás –

Croa, croa, croa…

Dando saltos de algria por la orilla, se lo fue a contar a sus vecinas.

Mientras que Fito iba trayendo pajas, ramitas, hojas de carrizo y cañas, Fita iba tejiendo un hermoso nido.

Lo fue forrando con las plumas que se quitaba del costado, debajo de sus alas. Que por cierto es donde se encuentran las plumas mas rizadas y esponjosas.

Informados de la noticia, todos los habitantes de la laguna se reunieron y fueron a saludar a los recién llegados.

La libélula exclamó – ¡Que hogar tan acogedor habéis construido! –

El pez les dijo – ¡Que escondido y protegido está! –

La rana les felicitó por lo bondadosos que eran.

En fin, todos los pobladores de la laguna dijeron a coro – Viva. Viva, ya tenemos otros amigos, que seáis muy felices y tengáis muchos hijos -.

Y se fueron cantando y dando gracias.

Pasaron los días y el nido se fue llenando de huevos, Fita los cuidaba con amor y les daba calor mientras que Fito buscaba comida.

El pez le vió que andaba despistado y le preguntó – ¿Qué haces? –

Busco comida, contestó Fito.

Ven conmigo y te enseñaré donde nacen unas algas riquísimas. Y le llevó a un sitio que no era muy profundo, donde pudo saciar su apetito.

De vuelta al nido se lo contó a Fita y mientras ella se fue a comer, él cuidaba de los huevos.

Pasaron los días y Fito harto de algas, empezó a protestar.

La rana que estaba cerca le oyó, se acercó y le dijo – Ven conmigo, te enseñaré un sitio de la orilla donde crecen unos brotes muy nutritivos y que además no tienes que bucear para cogerlos.

Mientras Fito comía, la rana lee observaba y admiraba lo grande y hermoso que era.

De vuelta a casa se lo contó a Fita y ésta enseguida encontró el lugar, comió con fruición los nuevos brotes y se sació.

Pasaron otros pocos días y Fito, harto de brotes, no paraba de refunfuñar.

En esto que pasaba volando la libélula y le vió.

¡ Fito! Gritó la libélula  – Que te pasa que estás de mal humor –

¡Estoy harto de verduras!

No te preocupes, ven conmigo.

Volando le guiaba por un sendero que se alejaba de la laguna.

No – vayas – tan – deprisa -, chillaba Fito, que con su andar patoso no la podía seguir.

Por fin llegaron a un campo que estaba al borde del bosque y que estaba sembrado de rico maíz y de trigo.

Bueno, – Esto es otra cosa -, comentó él, está riquísimo. Y habiendo saciado su apetito, volvió a la laguna y se lo comunicó a Fita.

Pasaron los días y de repente, Fito que estaba tranquilamente empollando los huevos mientras Fita se fue a comer, notó algo que se estaba moviendo debajo de él. Dio un grito y sobresaltado se levantó y vió como los huevos se estaban resquebrajando.

Asustado llamó con todas sus fuerzas a Fita – ¡Corre ven! –

Fita llegó despavorida, – Que pasa, que ocurre –

Fito compungido le comentó que posiblemente, con su peso, había roto los huevos.

Ella se echó a reír a carcajada limpia – Ja, ja, ja, –

Bobo, – ¿No te das cuenta? -. Lo que pasa es que tus hijos quieren salir del cascarón.

Repuesto del susto, Fito, Vió como uno a uno fueron saliendo siete pequeños regordetes, cubiertos de un precioso plumón amarillo.

La noticia corrió como la pólvora y se organizó un gran festejo.

Todos los habitantes de la laguna fueron a felicitar a la feliz pareja.

Con el escándalo que se formó se alborotaron también los habitantes del bosque cercano.

De repente la voz somnolienta y cascada de la bruja retumbo en el bosque:

– Quien se atreve a molestar turbando mi sueño –

El búho , que también era un cascarrabias, le informó – Es esa pareja nueva que ha llegado a la laguna. Han tenido siete preciosos hijitos y todos sus amigos lo están festejando -.

Llena de envidia, pues a ella no la quería nadie, se puso a pensar en un plan maquiavélico.

Pero como Fito y Fita no dejaban de vigilar a sus polluelos, ella no encontraba el momento oportuno para llevar a cabo su plan.

Estuvo madurando el mismo durante mucho tiempo, sin salir de su escondite, cada vez mas furiosa porque la envidia le había quitado el apetito y no la dejaba ni dormir.

Antes de que llegara la primavera, Fito les dijo a sus hijos – Mama y yo nos vamos a buscar comida, sed buenos y no os alejéis del nido -.

Estad tranquilos y no os preocupéis, nos portaremos bien, respondieron todos a la vez.

La malvada bruja, que estaba en lo mas alto del mas alto de los árboles del bosque, escudriñaba la laguna y vio como los padres se alejaban del nido.

Se bajó del árbol tan deprisa que tropezó en una rama, cayó al suelo dándose tal porrazo que casi se rompe las narices. Lo cual la enfureció más todavía.

Llegando al nido puso observar como estaban los siete apretujados el uno contra el otro, sin rechistar, pues habían visto a la bruja.

Por lo bajinis se dijo – Les echaré una maldición -.

¡ Que su plumón amarillo se vuelva marrón, del color del barro, feo y asqueroso!.

Cuando volvieron Fito y Fita se encontraron el panorama y enfadados les regañaron, creyendo que se habían rebozado en el fango.

Fita no paraba de lavarlos y restregarlos, pero no se limpiaban y ellos que no eran culpables no paraban de llorar.

Pasaba por allí la libélula y les preguntó – ¿Que os pasa pequeños? – La bruja no ha hecho esto, contestaron a coro –

La libélula se fue volando en busca del hada buena de la laguna y le contó el caso.

El hada buena vino enseguida y les calmó diciendo – No os preocupéis, eso desaparecerá cuando se os caiga el plumón –

Efectivamente, al pasar una semana les empezaron a salir unas plumas blancas con tornasoles grisáceos, mucho mas bonitas que las de sus padres.

Enterada la bruja del fracaso de su plan, hizo otro conjuro – que las patas les crecieran tanto que no pudieran llegar con el pico al suelo y no se pudieran alimentar.

Como no podían comer se iban debilitando poco a poco.

Preocupados los padres convocaron a todos los habitantes de la laguna, que juntos fueron a pedir ayuda al hada buena del bosque, que bien conocía los trucos de la malvada bruja.

El hada del bosque preparó un bebedizo que deberían tomar por la noche cuando saliera la luna llena.

Así lo hicieron y a la mañana siguiente comprobaron que el cuello les había crecido tanto que podían alcanzar el suelo y comer tranquilamente las semillas que se encontraban esparcidas por el campo.

Contentos se presentaron ante la asamblea de la laguna.

Todos pudieron comprobar como, esas feúchas y torpes aves, se habían convertido en unas hermosas garzas reales. Que muy contentas y ufanas volaron en circulo por encima de la laguna.

Cuando hubieron dado tres vueltas dirigieron su elegante vuelo hacia el norte, en perfecta formación en uve.

Abajo quedaron Fito, Fita y el resto de los amigos de la laguna que orgullosos les saludaban diciéndoles:

–         ¡Os esperamos para el próximo otoño! –

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LA LENTE MÁGICA

LA LENTE MÁGICA

 

Omar, Emir de un lejano pueblo de oriente, ( llamado el justo, el piadoso), estaba paseando por los jardines de su palacio mientras trataba importantes asuntos de estado con su Primer Ministro.

Yusuf, apodado el cruel, era la persona más odiada por el pueblo, al cual tenía amedrentado, debido a la crueldad de las torturas que inflingía, después de acusar de falsos delitos a los ciudadanos, solo para cobrar cuantiosos chantajes.

De pronto, Omar, vio un destello que salía de unos arbustos.

Se trataba de  un objeto que despedía un brillo cegador.

Mandó recogerlo a su secretario,

El objeto resultó ser un simple cristal redondo, de color ámbar, con la forma de una lente, que con el reflejo del sol había despedido aquellos destellos.

El Emir se acercó el cristal a los ojos para observarlo mejor y quedo atónito al ver a través del mismo una escena que le sobresaltó.

Comenzó a ponerse pálido, casi pierde el sentido. Lo cual no pasó inadvertido a Yusuf.

Como en una revelación pudo ver la siguiente escena: Su Primer Ministro vaciaba en una taza de te un polvo blanquecino que guardaba oculto en una gran sortija que lucía en el dedo anular de la mano izquierda y se la ofrecía, mientras esbozaba una maléfica sonrisa.

Una vez repuesto del susto y sin decir nada a su primer ministro comenzó a tomar medidas de seguridad.

La comida y la bebida eran probadas antes por un sirviente. A la puerta de sus aposentos había siempre una guardia. En sus desplazamientos iba siempre bien custodiado.

Y como última medida dejó paulatinamente de confiar los secretos de estado a su ministro.

Yusuf  intrigado por la repentina falta de confianza de su Señor asoció estos hechos al hallazgo del cristal color ámbar y pudo observar como Omar lo había hecho engarzar en oro convirtiéndolo en una hermoso colgante y lo llevaba siempre al cuello pendiente de una hermosa cadena.

Solía mirar a través del mismo con frecuencia y tomaba determinaciones y actitudes por sorpresa. Como adelantándose a los acontecimientos.

Pasado el tiempo un día le dijo a su señor: ¿qué observáis a través del cristal?

-dejadme mirar a mi también- 

Con sorpresa para Yusuf el Emir se lo permitió, ofreciéndole la joya

Cual sería su estupor cuando vio la siguiente escena:

En el centro de la plaza de la ciudad estaba él de rodillas, las manos atadas a la espalda, la cabeza inclinada y el verdugo, blandiendo un gran alfanje, esperando la orden del Emir para decapitarlo.

Comprendiendo su maldad pidió perdón a su señor, el cual, compasivo le perdonó la vida pero mandó desterrarle.

Yusuf arrepentido se dedicó, con el dinero que había conseguido mediante la extorsión, a remediar las calamidades del pueblo.

Pasado el tiempo el Emir, lleno de misericordia, le permitió volver a su emirato.

Donde vivió hasta envejecer, dedicado a hacer el bien a los demás.

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LA ENVIDIA DEL RUISEÑOR

 La envidia del ruiseñor

 

         Pedro era un niño muy alegre, que tenía una voz maravillosa y se pasaba todo el tiempo cantando canciones muy bellas que el mismo componía.

         Vivía con sus padres, Juan y María, en una casita muy humilde al borde de un  camino, que atravesando el bosque, llevaba a un palacio en el que vivía el Rey de aquel país junto a su esposa y su única hija, que todos los días que pasaba por delante de la casa de Pedro mandaba parar la carroza y se ponía a escuchar, embelesada durante un rato, las canciones de Pedro.  

El padre de Pedro se dedicaba a las labores del campo y la madre a las laboras de la casa.

Pero un día Pedro enfermó y la familia comenzó a gastar los ahorros que tenían, en las medicinas que necesitaba el niño.

Como Pedro se aburría de tener que estar todo el tiempo en la cama y no poder salir a jugar  con los animalitos del campo, su padre le construyó, con una caña, una especie de cerbatana con la que se entretenía, entre canción y canción, disparando pequeñas piedrecillas a todo lo que se le ponía por delante.

Una vez le disparó a un saltamontes que se había posado en la flor de una maceta que su madre tenía en el alfeizar de la ventana. El proyectil pasó tan cerca que el saltamontes se llevó un susto tremendo y del salto que dio fue a dar contra el marco de la ventana. Lo que provocó las carcajadas de Pedro.

Las risas y las canciones despertaron la envidia de un ruiseñor que vivía en el bosque enfrente de la casa y se propuso fastidiarle la fiesta al niño.

Por la noche entró volando en la habitación donde dormía Pedro y con el pico hizo un agujero en la caña.

Al día siguiente el niño cogió la cerbatana y al querer disparar comprobó que el proyectil no salía, era porque el aire se escapaba por el agujero y se puso a llorar.

Su padre le dijo:  no te preocupes, tapa con un dedo el agujero y sopla. Fue la felicidad del niño, que siguió con sus ejercicios de puntería y alegrando la casa con sus canciones. Lo cual exasperaba mas todavía al envidioso ruiseñor, que no contento con lo que había hecho volvió a la noche siguiente y una vez dormido Pedro, le hizo otro agujero en la  caña.

Al día siguiente lo comprobó el niño y con mucha pena se lo contó a su padre. Este le volvió a decir lo del día anterior – pues tapa los agujeros con los dedos.

Efectivamente, pudo seguir disparando, riendo y cantando.

El ruiseñor no cesó en su empeño y llegó a hacerle hasta ocho agujeros. Esto no impidió que el niño siguiera utilizando su cerbatana.

Lleno de furia el ruiseñor pensó otra maldad – le taponaré a medias el agujero por donde sopla y así el aire saldrá con menos fuerza.

Pedro no se dio cuenta de la fechoría y empezó con su artillería, efectivamente, los proyectiles salían sin fuerza. Se sentía derrotado. Sin darse cuenta levanto un dedo y en vez del proyectil salió un sonido. Sorprendido repitió el movimiento y volvió a sonar el mismo tono.

Levanto otro dedo y el sonido cambió. Así fue alternando los dedos que levantaba y cambiaban los sonidos que salían de la caña.

Comprobó que los sonidos que salían se parecían a los que él emitía con su garganta.

El ruiseñor le había construido sin querer una flauta.

Divertido, empezó a tapar y destapar agujeros mientras seguía soplando y de esta manera consiguió repetir con sonidos, las canciones que se iba imaginando.

Un día pasó la princesa y lo oyó. Al llegar a palacio pregunto a su mayordomo y este le contó las penurias de esa familia. Corriendo fue a su padre el Rey y le hizo un ruego. Sus deseos fueron escuchados.

Juan, experto en las labores del campo, fue nombrado jardinero real.

María cocinera de palacio.

Y Pedro, paje de la princesa, se dedicaba a alegrarle el ánimo con su música y sus canciones.

 

 

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ESOS PEQUEÑOS LADRONZUELOS

ESOS PEQUEÑOS LADRONZUELOS

            Todas las mañanas, una familia de gorriones preparaba una algarabía en el tejado de la granja.

En ésta vivían Fritz, su mujer Gudrun y su hijo Sigfried, que acababa de cumplir cinco años y estaba enfermito desde hacia un mes.

Todo el dinero que habían ahorrado se lo estaban gastando en medicinas para el niño y ya casi no les quedaba nada y Fritz estaba  desesperado.

Los pájaros, después de picotear los granos de trigo de las espigas – que estaban a punto de ser recolectadas – hartos de comer, volaban hasta el tejado y allí revoloteando y regañando entre ellos piaban sin cesar.

A Fritz le preocupaba porque temía quedarse sin cosecha y no tendría con que pagarlas medicinas de su hijito.

Un día Gudrun le dijo a su marido:  -¡Fritz coge la escopeta!-

Éste se quedó pensativo pero le daban tanta pena los pájaros que desechó la idea.

Se acercaba al tejado e intentaba espantar a esos alborotadores, pero encarándose con él parecía que se reían, se burlaban, y haciendo mueca decían: – chilla, chilla, que por mucho que grites aquí no nos puedes coger.

Así un día y otro.

El granjero veía cada vez mas vacías las espigas. Se puso a pensar en una solución y tuvo una idea: – Colgaré unos CDs viejos, que con sus destellos brillantes al ser movidos por el viento asustará a los gorriones –

Los pájaros se acostumbraron enseguida, llegando a columpiarse en ellos mientras se burlaban del granjero.

Y vuelta a las andadas.

Fritz estaba desesperado, fue al pueblo y con las ultimas monedas que le quedaban compró unos cohetes, y cada vez que los gorriones se abalanzaban sobre las doradas espigas encendía un cohete y zzzzzz………… BOOOM – todos a volar en desbandada al tejado de la granja, repitiendo las burlas.

Pero también llegaron a acostumbrarse.

Entonces Fritz construyó un espantapájaros y le puso por nombre Franz.

Gudrun pensó – esto les asustará y les mantendrá a raya.

Todo inútil, también se acostumbraron a verle e incluso al cabo de unos pocos días se le subían por todos lados y reían y se burlaban del pobre espantapájaros diciéndole: – ni siquiera puedes mover los brazos como el granjero y tampoco puedes correr detrás de nosotros, incluso eres más feo que él. Y le daban picotazos en la nariz y salían volando y piando repetían: -anda corre detrás de nosotros y alcánzanos si puedes –

Franz se quedaba muy triste y compungido y por la noche el roció dejaba unas lagrimas en sus ojos de carbón, que brillaban a la luz de las estrellas.

Una mañana Fritz, al ver que ya no había dinero y la comida escaseaba pensó en lo inútil que era el espantapájaros. Acercándose a el le dijo: – no cumples con tu misión, uno de estos días te echaré a la lumbre. Por lo menos servirás para darnos calor.

Por la noche Franz se decía: -si por lo menos pudiera moverme, me iría lejos de aquí –

Tanta congoja sintió que una lagrimas brotaron de sus ojitos negros y rodando por sus mejillas mojaron la vieja y ajada camisa de cuadros.

En esto que paso por allí un hada del bosque y al verlo tan triste le pregunto: -¿Qué te pasa? –

Él le contó su problema y ella contestó: -no te preocupes, mañana estará resuelto –

Sacando su varita mágica esparció una especie de polvo de estrellas sobre el campo de trigo.

A la mañana siguiente la bandada de gorriones voraces y glotones se abalanzaron sobre las espigas y comieron hasta hartarse.

Ya en el tejado, después de los consabidos juegos, riñas y algarabías, comenzaron a sentirse raros, les estaba entrando una especie de sopor.

Al atardecer el jefe de la banda, levantando la voz, dijo a sus compinches: – vámonos a dormir al bosque –

Se posaron en las ramas y poco  a poco entraron en una especie de letargo.

Sin darse cuenta sus cuerpos se estaban transformando lentamente.

Las plumas se cayeron y su cuerpo se fue cubriendo de una piel oscura,  casi negra. Las patitas se transformaron en una especie de garras, las alas tenían membranas, en la cabeza les salieron unas enormes orejotas y su piar se convirtió en un chillido estridente.

¡ Se habían convertido en murciélagos ¡

Cuando salió la luna el hada del bosque les dijo:

– Por el mal que habéis hecho durante el día, ahora volareis por la noche –

– Por haberos comido el trigo de Fritz, ahora os alimentareis de insectos –

– Porque vuestro piar era para burlaros del granjero, ahora solo emitiréis un chillido desagradable –  Se dio media vuelta y desapareció dejándoles estupefactos.

Al despertarse el granjero a la mañana siguiente le dijo sorprendido  a su mujer:   -no se oyen los pájaros, que raro –

            Salió fuera y no vio ningún gorrión en el tejado. Corriendo fue al campo para ver si habían terminado de comerse la cosecha y tampoco los vió.

Pero sí pudo observar que las plantas crecían hermosas y que las espigas estaban rebosantes de grano y que no había ningún insecto por los alrededores.

Contentos pudieron cosechar y comprar las medicinas.

El niño se curó y todas las noches se sentaba fuera en el porche con sus padres pudiendo observar felices, al resplandor de la luna, como los murciélagos libraban de insectos su campo.

 

 

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SENSACIONES

EL DÍA DE LAS SENSACIONES ESPECIALES

           

Al despertarme estaba algo aletargado, posiblemente por la pastilla que tomé anoche, pues llevo una temporada que tardo mucho en conciliar el sueño.

Quiero levantarme, pero a la vez quiero seguir en la cama. Se trata de una  – sensación desconcertante -.

Por fin me levanto, voy al baño y me arreglo. El agua fría – sensación desagradable – me recuerda las pretéritas madrugadas de invierno en mi juventud, para ir de caza. Pero recordé que fueron con mis amigos Jaime, Elías, Pepe y Josechu – sensación agradable – que me trae gratos recuerdos.

Aparece mi mujer en el despacho para pedirme que demos un paseo, desprende una fragancia especial  “Annais-Annais” de Cacharel, que me retrotrae a una  visita a Segovia que hicimos hace tiempo, donde le compré un pequeño frasco de dicho perfume, – sensación de emoción – que hace que sienta mariposillas en el estómago, rememorando los cariños y carantoñas de entonces.

Salimos a la calle y el cielo está nublado – sensación de morriña – un cielo de un tono gris plomizo, acompañado de una lluvia fina, que me recuerda nuestras estancias en Gijón visitando los chigres donde tomábamos “oricios”, un buen “cabrales” untado en ese pan de pueblo tan esponjoso y regado con la mejor sidra de la región.

Salimos de casa y tomamos en Concepción  Jerónima, el autobús de la línea 17 para ir a la Calle Toledo.

Arranca el conductor y como un poseso, cruza la calle Toledo a toda velocidad y se lanza vertiginoso por la calle Segovia abajo. Los viajeros asombrados se quejan del cambio de itinerario.

El conductor ni se disculpa ni justifica el cambio de rumbo. Por fin rectifica y por la Ronda de Segovia llegamos a la Puerta de Toledo – sensación de perplejidad– pues ese no es el trayecto habitual de la línea 17.

Me trae a la memoria el día en el que en un coche alquilado, durante mi viaje de novios en Tenerife, me metí sin darme cuenta por dirección prohibida y tuve que acelerar al máximo para encontrar la primera salida hábil.

Nos bajamos en la Puerta de Toledo y retrocediendo en dirección a la Plaza Mayor pasamos por una Galería Comercial en la que hay una pescadería estupenda.

Aprovechamos y entramos a comprar. Nos envuelve un olor a pescado fresco, a marisco recién pescado, – sensación de añoranza – de los días veraniegos en Denia, en los que por la tarde íbamos al puerto a ver llegar los barcos pesqueros y después visitábamos la lonja para asistir a la subasta del pescado.

Hecha la compra subimos toda la cuesta de la calle Toledo cargando con las bolsas y ya en la Latina – sensación de cansancio – me viene el recuerdo mi juventud en el pueblo de La Adrada cuando después de un día durante las fiestas, después del baile y la diversión nocturna, tenía que recorrer andando los dos kilómetros y medio cuesta arriba para llegar a casa, situada en el paraje llamado Sierra de Aguas.

Cruzando la Plaza Mayor accedemos a la Calle Mayor y en el Portal nº 12 introduzco la llave en la cerradura, subimos los dos pisos andando.

Llegamos a casa, dejo las bolsas en el recibidor y me siento en el sillón delante de la tele. No la enciendo, el silencio absoluto que me rodea hace que me relaje, me invada una enorme – SENSACIÓN DE PAZ – y me despido de un día en el que he percibido varias “SENSACIONES ESPECIALES”.

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Señoritas

ADELA Y BERENGUELA

 

Son las cinco de la tarde de un mes de mayo.

Frente al Parque de Doña Alejandra Pérez-del Rebollar, se encuentra el número 54 del Paseo principal llamado de los Caballeros de Osuna.

En su fachada, con balconadas sujetas por figuras de atlantes, coronadas por cariátides y flanqueadas por columnas adornadas con guirnaldas, resalta una placa que informa – ser obra del famoso arquitecto D. Torcuato Gómez del Castellar y Arribas, esposo que fue de Doña Alejandra y tatarabuelo de nuestras protagonistas.

Además destaca un elegante mirador que está en la segunda planta, llamada en tiempos pretéritos, planta principal.

Dos hermanas, “Adela” y “Berenguela” , señoritas solteras, de la alta burguesía de una capital de provincias, se encuentran de pié apoyadas en la barandilla del mirador.

Adela está absorta, con la mirada perdida en el horizonte por encima de los árboles del parque, mientras que Berenguela observa con atención la gente que pasea arriba y abajo a lo largo del paseo.

Casimira, “Tata” de toda la vida.

Doncella con delantal y cofia.

“Casi”, confidente de sus señoritas, “sus niñas”, que la llaman así  cariñosamente por su reducida estatura, entra en el gabinete y con mucho respeto y la debida discreción las dice – me gustaría saber en que están pensando mis niñas –

“Adi”, así llaman a Adela sus amigas del Club de Tenis, contesta – Tata, estoy pensando en Doménico, aquel joven que conocí en Roma el verano pasado.

“Beren”, así la llaman sus compañeras del Club Socio-Cultural, interviene irónica. – Sí, aquel rico heredero italiano, de  familia noble, que paseaba por el bosque de Bolonia montado en un caballo alazán –

No te rías, que me ha escrito unas cartas de amor muy hermosas y románticas y sueño todas las noches con él.

Y tú “Beren” ¿ Con que te entretenías?

¿Yo? – estaba estudiando a las personas del paseo –

Mira, acaba de pasar Esperanza, con el pasmarote de su novio que no va mas que por su dinero.

Después paseaba doña Fe, del brazo de su marido el boticario que no hace mas que resoplar de lo gordo que está.

Hace un rato iba paseo arriba, hacia el casino, Gloria, seguro que en busca de Honorio. Verás  que cara se le va a quedar cuando se le encuentre ligando con una de las camareras. La rubia despampanante.

Por cierto, hace días que no veo pasar a Doña Isabela, ¿sabes si ha empeorado de su problema de corazón?

– El médico le ha recomendado la playa y creo que se van mañana a levante-

Pues vosotras seguir aquí mirando a la luna y os quedareis para vestir santos.

¡Tú calla!  y tráenos el té.

En silencio y de puntillas “Casi” abandona el gabinete.

Al cabo de una rato vuelve y en la bandeja  trae el juego de té de plata, con las tazas de porcelana de Sevres y una fuentecita con pastas de la Confitería Real.

Lo deja todo sobre la mesa camilla y con un tono de voz algo extraño le dice a “sus niñas”: a las siete me viene a recoger el mozo del súper y nos vamos al cine, después a cenar al burger y luego a la sala Royal a menear el esqueleto, luego ……

Volveré mañana a primera hora para llevaros el desayuno a la cama.

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EL PEQUEÑO RUISEÑOR

EL PEQUEÑO RUISEÑOR

Érase una vez un matrimonio mayor, Karl y Anne Marie, no tenían hijos.

Vivian en el campo, rodeados de bosques y montañas.

El marido había construido una cabaña preciosa, con un cobertizo y una cuadra.

Karl salía todos los días al bosque a por leña, pero solo cortaba las ramas viejas y secas y limpiaba los árboles de maleza, sobre todo un hermoso castaño.

De manera que los árboles crecían sanos y vigorosos.

Atendía además una vaca que le daba leche, una oveja que le daba corderitos y cuatro gallinas que le proporcionaban huevos.

Cuando tenia la leñera llena, paseaba por el bosque y visitaba el arroyo que lo atravesaba, con la intención de pescar alguna trucha que llevar para la cena.

La mujer cuidaba la casa además de un huerto donde cultivaba patatas y hortalizas para el sustento de la familia.

También había plantado arbustos de frambuesas, grosellas y arándanos, con los que hacia unas mermeladas riquísimas y que utilizaba también para adornar exquisitos pasteles.

Y cuidaba con mucho amor unos frutales, sobre todo un cerezo al que tenia especial cariño pues al llegar la primavera estallaba en una inmensidad de flores que inundaban el ambiente de un finísimo y agradable aroma y que después se convertían en jugosas cerezas, utilizadas por Anne Marie para hacer confituras.

Pasaban los años y Anne Marie estaba cada vez más triste.

Una mañana cuando estaba recogiendo cerezas cayó a sus pies un ruiseñor que no podía volar por tener un ala rota.

¿Qué te ha pasado?, le pregunto.

 Al darse cuenta de que estaba hablando al pájaro se ruborizo.

Pero cual seria su asombro que el pajarillo le contesto;

 –un halcón me ha atacado pero al verte me ha soltado –

Mira está en esa rama, esperando que te vayas para comerme.

No te preocupes le dijo ella.

Con mucho mimo lo cogió y lo llevó a la casa, donde lo cuidó hasta que se le curó el ala.

Cuando el pájaro empezó  a revolotear por la cocina, una vez sano, ella abrió la ventana, lo colocó sobre el alfeizar y le dijo;

 –ya puedes marcharte y volar a tu nido-

Entonces el pájaro le dijo: -Por haberme salvado del halcón y haberme cuidado con tanto esmero, pídeme un deseo-

Anne Marie contestó:

-me estoy haciendo mayor y me gustaría tener una hija que me

ayude y cuide de mí cuando sea viejecita.-

-La próxima primavera se vera cumplido tu deseo dijo el

ruiseñor y salió volando -.

En el mes de mayo, cuando más florido estaba el cerezo, nació una hermosa niña, a la que pusieron por nombre Marie.

Según crecía Marie cuidaba más de su madre, se iba haciendo cargo de las tareas de la casa y la ayudaba a hacer la comida.

Pero lo que más le gustaban eran las flores, tenia el huerto de su

madre lleno de ellas, sobre todo un precioso rosal al que cuidaba con mucho esmero.

Todas las mañanas adornaba con las flores la casa.

Con el tiempo su padre se iba llenando cada vez de mayor

tristeza.

         Un día yendo al bosque a por leña, vio un viejo roble que estaba seco y tenia ya un gran hueco en su tronco.

         -con la leña de este árbol tendré para todo el invierno, pensó Karl-

Preparado para cortarlo, de repente, del hueco del árbol, salió un duendecillo que le imploró – Por favor no cortes el roble, aquí vivo con mi familia y si lo cortas perderé todos mis poderes –

No te preocupes dijo Karl, buscare leña en otro lugar.

Veo que estas triste, ¿qué te preocupa? Le dijo el duendecillo.

Karl le respondió  – me estoy haciendo viejo y no tengo un hijo que me pueda ayudar en mis últimos años –

Entonces se ilumino la cara del duendecillo y sonriente le contestó;  -Por tu buen corazón serás recompensado, y antes de esconderse dentro del hueco del árbol susurró,  – la proxima primavera sé verán realizados tus deseos. –

En el mes de mayo, cuando más hermoso lucia el bosque y más cantarines estaban los arrollo, nació su hijo al que pusieron por nombre Otto.

Otto, siempre contento y cantarín, cuidaba los animales y acompañaba a su padre al bosque y mientras Karl recogía leña, él jugaba con los animales y les cantaba canciones con su cada vez más hermosa voz.

Se hizo un mozalbete y comenzó a ir al pueblo para hacer los recados que le mandaba su madre.

Siempre iba cantando y la gente se arremolinaba a su alrededor para escucharle y al terminar le daban algunas monedas, que el no tardaba en repartir.

Unas se las daba a un pobre mendigo que pedía limosna en una esquina.

Otras se las daba a una viejecita que vivía en una mísera casita al final del pueblo.

Con la ultima compraba un panecillo, que iba desmigando por el camino a casa, para alimentar a los pajaritos del bosque.

Entre los cuales se encontraba, como compañero de viaje, el ruiseñor y que le hacia la competencia emitiendo sus mejores trinos.

Entre los dos al llegar a casa le alegraban la tarde a la familia con sus canciones.

Pasaron los años y un día Karl muy viejecito murió y esa misma noche el duende sembró una castaña al lado de su tumba y creció un castaño que se hizo tan mjastuoso como el que en su día cuidó Karl en el bosque.

Anne Marie también muy viejecita murió de pena.

El ruiseñor trajo como recuerdo una cereza que dejo a la cabecera de su tumba donde la primavera siguiente nació un cerezo  tan lindo como el que ella había cuidado en su huerto.

Con los años también murió Marie y Otto planto un esqueje del rosal que ella tanto mimaba y creció un rosal precioso que daba unas rosas rojas de una fragancia sin igual que inundaba el lugar.

Otto se quedo muy triste.

Un atardecer, sentado a la puerta de la cabaña se dijo, -ya no tengo a quien cantar – cuando de repente aparecieron el duende y el ruiseñor.

Le pidieron que les cantara, pasaron alegres la tarde y anochecido le dijeron: no te preocupes y duérmete tranquilo.

A la mañana siguiente unos trinos maravillosos se oían entre las ramas del cerezo y al instante salían del rosal y un poco después de lo alto del castaño.

Parecía un abrazo musical alrededor de las tumbas.

Durante el sueño se había transformado en el ruiseñor más bello que jamás se hubiera visto en el lugar.

Así pudo cantar a sus padres y a su querida hermana.

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La Suerte

LA SUERTE

Un sábado de muchísimo calor, después de la comida y sentado en mi sillón favorito, me quedo traspuesto viendo en la tele el programa  “canal viajar”.

Me encuentro camino del campo de golf, de repente el coche hace unas cosas extrañas y se para.

No puedo volver a ponerlo en movimiento a pesar de que el motor ruge como un león enfurecido, pero las ruedas están paralizadas, no quieren girar, no les llega la fuerza.

¿Será por miedo al león?

Hace un sol de justicia se me calienta la cabeza, los pensamientos comienzan a arremolinarse sin sentido.

Por fin llega la grúa.

El mecánico me dice que no hay solución inmediata.

Se ha roto la caja de cambios automática. Mi coche con doce años no ha podido resistir mas.

Llegamos al taller.

No tiene solución, está para el desguace.

Descanse en paz.

Me compraré otro.

Uno de esos asiáticos que están de moda.

Será un todo terreno grande, diesel, automático, con tracción selectiva a las cuatro ruedas, ABS, navegador, controlador de marcha, climatizador (pues hace un calor infernal), manos libres, blue-tooth, con un maletero amplio donde quepa la bolsa de los palos, el carrito y la bolsa de viaje con toda la indumentaria para jugar al golf.

Observo que la bolsa de los  palos esta muy gastada. No importa, me compraré una que tenga además separador de palos para que éstos no se dañen y varios compartimentos: para el paraguas, para el traje de agua, para las bolas y los tees, para un termo donde pueda llevar agua muy fresquita (estoy sudando como un pollo), etc.

El carrito porta-bolsa, viejo, al que le chirrían las ruedas, lo cambiaré por uno eléctrico con mando a distancia.

Lo estrenaré en un campo junto al mar, donde pasaremos mi mujer y yo, una semana descansando y disfrutando de la playa.

Repentinamente el timbre del teléfono me despierta.

Hola Pedro que hay, dime:

¡No nos ha tocado el euromillón!

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